¡DE VUELTA A LOS MUROS!
Por: DAVID POTES*
La necesidad de comunicar es tan vieja como cualquiera de las necesidades básicas del ser humano, y ésta, la necesidad de comunicar, nos ha llevado a cuestionar y repensar una y otra vez la forma en cómo la debemos hacer. Ha sido en la acción de echar abajo las diferentes formas de comunicación que nos hemos hallado dentro de un laberinto de lenguajes y significados individualistas propios de una era que exige “originalidad”, que pretende vendernos una experiencia sin igual en las cosas más comunes y superficiales. Ahora, sin regresar hasta el paleolítico y hablar de la necesidad de comunicar que tenía el hombre de las cavernas, si me parece preciso tomar como referente un momento clave dentro de la pintura y las artes plásticas que marca un punto de partida de la búsqueda hacia un ideal de expresión urbana, revolucionaria e incluyente. El movimiento muralista mexicano representa no solo lo anterior sino también un gran conjunto de valores, entre ellos, romper los muros de la academia y el formalismo y tomarse los muros públicos para transmitir ideas, preservar la memoria y construir identidad. El arte es para todos y no es en el caballete de la academia ni dentro del marco de madera de un cuadro que se fortalece una sociedad con dignidad y espíritu revolucionario; esa era grosso modo la consigna de los muralistas mexicanos, que hallaron en el gris de los muros el medio ideal para comunicar valores, resistir, plasmar el pasado y hacer eco en toda una Latinoamérica que luchaba día a día por hallar un canal de comunicación que condujera a un futuro menos sombrío. Si, el movimiento muralista fracasó en la misión utópica de unir a las masas alrededor de las artes, fracasó en su misión de lograr un arte libre, sin corrupción ideológica que falseara los ideales de sociedad justa e incluyente. Sin embargo no es en el fracaso que se encuentra el valor del movimiento muralista. El verdadero valor del muralismo fue haber logrado un cuestionamiento en los artistas de la época y haber conseguido entre todos, desafiar los cánones ortodoxos y europeizantes de la academia y, de esta forma, intentar plasmar las exigencias, los dolores, las tradiciones, las creencias y las utopías de una sociedad deprimida. El movimiento se desmoronó en muchos sentidos, pero fue su origen colectivo y su intención de hacer arte para el pueblo lo que lo convirtió en un ejemplo valiente, digno de ser replanteado el día de hoy. El reto que implica replantear ideas como las del movimiento muralismo, plantea de entrada superar algunas dificultades. El individualismo, que es propio de las artes (en algunas más que en otras) enfrenta al creador a distintos dilemas como: ceder a las presiones del mercado o dirigir su obra por los caminos de su propia intuición. Esto por un lado nos ha llevado a la ausencia del artista propositivamente activo dentro de un contexto social determinado. Por otra parte, las expresiones urbanas actuales y muchas otras cosas que antes parecían tener unas características definidas pasan por un momento de transfiguración y ha sido en este proceso (natural por cierto) que la pintura mural ha perdido su valor más importante; comunicar. Es así, con la pérdida de este valor, que el artista desaparece del campo de acción y pasa a ser solo un decorador, alguien sin un criterio lo suficientemente sólido como para jugar el papel de grabador de la realidad, critico de las trasformaciones sociales y guardián de la memoria colectiva. Es llamativo ver como los roles dentro de la sociedad se van invirtiendo poco a poco; el filósofo no piensa, el artista no se plantea superar fronteras, el ciudadano es un cliente mas y así sucesivamente ¿Pero cómo hablar de volver a los muros si no se tiene una idea clara de lo que esto significa? Los artistas ya olvidaron qué es un mural y han preferido en algunos casos volver al arte de aspiración burguesa; con cocteles, brindis, una clase acomodada con intereses mezquinos y un espacio en los libros de historia del arte. Cuando se empieza a borrar la línea que separa al grafiti del mural es porque la cosa se está poniendo difícil. Para algunos pintar un mural es igual que rayar ‘Uribe paramilitar’ o en el peor de los casos es mejor un muro pintado de gris que una hermosa idea que lo ilustre (¡Pero el gris también es un color!) El arte decorativo finalmente ganó el pulso contra el arte ilustrativo y desapareció del imaginario colectivo la necesidad de un arte de pensamiento, de construcción de sociedad para, al final, optar únicamente por imágenes, formas y colores complacientes. Tal vez debemos dar un paso hacia la idea de volver a plantear aquellos movimientos que permitían una participación colectiva. Si se tratara de nombrar cuáles fueron los aportes más valiosos que nos dejó el movimiento muralista, entonces propondría que consideráramos tres aspectos: haber liberado a la obra del secuestro económico que plantea la economía burguesa, donde solo los “cultos” gozan del privilegio de apreciar la obra de arte; haber dado origen al artista civil, es decir al artista ciudadano y por último, tener el coraje de intentar construir un canal de comunicación entre un pueblo y su identidad (una labor ambiciosa). Pero en mi opinión el movimiento muralista no solo dejó experiencias sino que nos propone un reto trascendental en la actualidad. Me refiero a la posibilidad de replantear la relación entre el arte y la sociedad, que no es otra cosa que el reto nuevamente intacto de construir comunidad en colectivo.
*Estudiante de Música del Conservatorio Antonio María Valencia de Cali
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