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DEL NOBEL A LA PAZ UNIVERSAL

Por: RICARDO LEÓN RAMÍREZ LASSO*

“La paz de los ricos es la miseria, el silencio y la humillación de los pobres”, decía un grafiti elaborado de manera elegante en caligrafía Palmer (actualmente en desuso por una gran parte de la humanidad) sobre una blanquísima pared muy al sur de la ciudad. Si se revisara el vecindario (se habla del planeta), es probable hallar escritos análogos en cualquier muro propicio para la actividad. La paz (según el diccionario, definida en sentido positivo, es un estado a nivel social o personal, en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad. También se refiere a la tranquilidad mental de una persona o sociedad; definida en sentido negativo, es la ausencia de inquietud, violencia o guerra) ha sido esquiva desde el principio de la humanidad. Algunos querían pan y pedazo (el propio y el del vecino, incluyendo su mujer). Por esto se iniciaron interminables guerras y hoy hay quienes determinan dónde empezar el nuevo episodio bélico con todos sus intereses (el poder económico mundial, propietarios de las grandes multinacionales y quienes creen sentirse dueños del planeta, asimismo, sienten un enorme desprecio por el resto de la humanidad y el vocablo en mención, pareciera que su insensatez fuese exógena, nada de extraño sería que quienes gobiernen no sean humanos sino reptilianos o híbridos) y lo que ello acarrea (todas las sanciones y el exterminio para el perdedor, por supuesto), porque quien triunfa, quizás haya mentido en su invento demencial, sin embargo, la vida debe cobrar acertada su factura (nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro: Silo).

El Premio Nobel de la Paz es uno de los cinco Premios Nobel que fueron instituidos por el inventor e industrial sueco Alfred Nobel (quien se hizo multimillonario gracias a la dinamita, un invento que raudamente fue utilizado también para el servicio de la guerra. Pensaba que si se descubrían armas con efectos devastadores, las naciones vivirían en paz por temor a que fueran utilizadas. No obstante, sucedió todo lo contrario). Este premio se otorga “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”, según el testamento del propio Nobel. El Premio es entregado anualmente en Oslo (Noruega). A diferencia de los otros premios Nobel, que se conceden en Estocolmo. El ganador del Premio Nobel de la Paz es elegido por el Comité Nobel Noruego, compuesto por cinco personas designadas por el Parlamento noruego. El primer premio Nobel fue entregado al francés Frédéric Passy en 1901 “por ser uno de los principales fundadores de la Unión Interparlamentaria y también el primordial organizador del primer Congreso Universal por la Paz” y al suizo Jean Henri Dunant “por su rol en la creación del Comité Internacional de la Cruz Roja”. Entre los latinoamericanos se destacan el activista argentino Adolfo Pérez Esquivel en 1980 “por su liderazgo en derechos humanos y fundador de organizaciones de derechos humanos no violentas para luchas contra la junta militar que gobernaba en Argentina (1976-1983) y la guatemalteca Rigoberta Menchú (líder indígena, miembro del grupo maya quiché, defensora de los derechos humanos y embajadora de buena voluntad de la UNESCO) en 1992 “por su trabajo en pro de la justicia social y de la reconciliación etno-cultural basado en el respeto de los derechos de las personas indígenas”. En 1928 no se entregó, tampoco entre 1939 y 1943 (II Guerra Mundial) y en 1948, 1955, 1956, 1966, 1967 y 1972. Hubo quien rechazó el premio en 1973: Lé Dúc Tho de Vietnam del Norte. Algunos fueron merecidísimos (Nelson Mandela, Al Gore, Desmond Tutu, Martin Luther King et al) y otros inmerecidos (por no decir repugnantes), como el del estadounidense de origen judío Henry Kissinger en 1973, quien como Secretario de Estado de su país estuvo ligado a gobiernos dictatoriales en América Latina entre 1970 y 1980, a través de la Operación Cóndor, de la cual se dice fue ideólogo y autor (la Operación Cóndor o Plan Cóndor es el nombre con que se conoce el plan de coordinación de acciones y mutuo apoyo entre las cúpulas de los regímenes dictatoriales del Cono Sur de América: Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y esporádicamente Perú, Colombia Venezuela y Ecuador, con la participación directa e indirecta de los Estados Unidos). Otro premio inmerecido fue el del saliente presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, quien realizó todo lo contrario al enunciado (“por sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos”), inclinándose por la guerra en extremo. El último (2016) fue asignado al actual presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos “por sus grandes esfuerzos para finalizar la guerra civil de más de 50 años en Colombia”. Merecido o inmerecido. Cada cual decide.

Lo cierto es que el Premio Nobel de la Paz es algo simbólico y económico (en numerosos casos con notables intereses políticos y religiosos), porque se ha otorgado a ciertos guerreristas y oportunistas de todo tipo, pareciera que sus cómplices tuviesen influencia en el Parlamento noruego. Para alcanzar la paz universal, hay un trecho grande e incalculable, siempre se hallará un homo demens, reptiliano o híbrido, enemigo del vocablo, que tan solo oyéndolo, exaspera y alista pronto su arma de destrucción masiva. Ojalá no funcione nunca para que algún día no lejano se pueda caminar sin temor a nada por un sendero de amor, inclusión, libertad y paz.

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