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EL ADORABLE LIBERTINO

Por: JAIME LOZANO RIVERA*

En el imaginario colectivo, el escritor parisino de novelas, cuentos, obras de teatro, ensayos, epístolas y tratados filosóficos Donatien Alphonse Francois de Sade (1740-1814), más conocido como el Marqués de Sade, figura como un  personaje siniestro, degenerado, cruel e inhumano. Un monstruo, un ser maldito que envenena la sociedad. Su apellido ha pasado a la historia convertido en adjetivo. Según el DRAE sádico (a) es la persona que siente placer viendo o haciendo sufrir. Lubricidad acompañada de barbarie o crueldad refinada. Sus obras estuvieron en el “index librorum prohibitorum et purgatorum”, lista de aquellas publicaciones que la iglesia católica consideró como libros perniciosos para la fe. Era hijo único de Jean Baptiste de Sade y Marie Eleonore de Maillé. A los cuatro años es separado de su padre y se fue a vivir con su abuela  en Avignon y luego con su tío Jackes Francois, el abad de Sade, prototipo del religioso de vida alegre, que por la mañana rezaba y por la noche fornicaba con prostitutas. Al lado de su tío, Donatien estuvo rodeado de libros y un ambiente libertino. A los catorce años ingresa a  una Academia militar, a los dieciséis participa en la Guerra de los Siete Años, donde fue destacado por su valentía y al poco tiempo ascendido a capitán, pasando a formar parte de la élite del ejército francés; a los veintitrés se casa con Renée Pelagie Cordier, hija del matrimonio Montreuil con la que tendría tres hijos. Pronto su suegra Madame Montreuil, mujer devota e influyente, se convertiría en su más encarnizada enemiga, no solo por los recurrentes escándalos protagonizados por su yerno, sino  porque éste también sedujo a su otra hija Anne Prospere. A Sade  le tocó en suerte vivir una época de cambios radicales en la Francia del absolutismo, de la asamblea revolucionaria y del imperio napoleónico, por lo que debido a sus textos eróticos e instigadores, pasó cerca de veintisiete años, en temporadas alternas, recluido en prisiones y manicomios. Como huésped obligado permaneció una tercera parte de su vida en Bicetre, Conciergerie, Picpus, Saint Lazare, Madelonnettes, Vincennes, La Bastilla, Charenton. Durante su encierro se dedicó a leer y escribir. En su vocación literaria lo acompañaron La Fontaine, Cervantes, Bocaccio, Voltaire, Rousseau, entre otros. Toda su fértil prosa está impregnada de una filosofía que propende por la libertad, sin ataduras de la religión, ley o moral. Los únicos límites son impuestos por la naturaleza. Su ateísmo radical y la descripción de parafilias son temas recurrentes de sus escritos. Declara altivamente y en los términos más enérgicos, que la suma del placer se logra combinando la flagelación activa con la  pasiva. No existe perversión de la cual escriba con tanta complacencia y con vehemente apasionamiento. El Marqués era de la opinión de que las comidas y las bebidas espirituosas avivaban los fuegos de la lujuria y que la capacidad de las personas de comer y libar era un indicador de sus habilidades sexuales. Un apetito se conecta con otro, son cómplices en los placeres. “Las fuerzas prestadas por Baco y Ceres a Venus siempre benefician a la diosa de la lubricidad… sin la embriaguez y la glotonería el gozo no sería completo”. En igual medida era conocido su uso de pócimas afrodisiacas y brebajes que desataran un desenfrenado delirio entre sus amantes. En una oportunidad fue acusado de envenenamiento y sodomía tras haber suministrado en unos caramelos polvo de cantárida a varias prostitutas. Se afirma que durante la orgía se le fue la mano con la dosis del potente afrodisiaco, lo que indispuso a las jóvenes que fueron dominadas por un fuerte temblor. Fue sentenciado a muerte, pero Sade ya había huido con su cuñada Anne Prospere a Italia, por lo que fue ejecutado en efigie. En ocasiones el salaz Donatien se deleitaba con postres, cremas, tortas, chocolate derretido, mermeladas y todo aquello que pudiera untar, comer, lamer y degustar en los cuerpos de sus damas de compañía. En “La Filosofía en el Tocador”, narra  las peripecias de la bella Eugenia, una adolescente de quince años iniciada por tres preceptores inmorales  (Mme. de Saint Ange, su hermano y Dolmancé) por los caminos de la depravación y la vida licenciosa. Se suceden escenas del más crudo erotismo. En pasajes se torna tan explícito en la descripción del goce sin velos que parece una película porno. Al final Eugenia es “educada” para una vida de libertinaje y aversión a los dogmas religiosos y costumbres de la época. “El Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo”, es una abierta declaración de ateísmo: “Si el hombre no hubiera sido aterrorizado ante el gran espantajo al que rinde estúpidamente culto, no hubiese sacrificado tan dócilmente su libertad y su verdad. Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo esto sólo es  bueno para poner cadenas en las manos de los hombres y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra que todas las guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste”. Por su parte, “Justine o Los Infortunios de La Virtud” y “Juliette o Las Prosperidades del vicio” son las historias de dos hermanas huérfanas e indefensas que buscan abrirse paso. La integérrima  Justine recurre a todos los estamentos sociales para preservar su virtud y lo único que halla es incitación al vicio, al tiempo que Juliette decide prostituirse, lo que la lleva a alcanzar el éxito y la respetabilidad. La libertina Juliette vive en la dicha y la virtuosa Justine en la desdicha. Justine se convence que quien practica el vicio encuentra  a una sociedad hipócrita, cómplice y corrompida, lo que  permite adquirir prosperidad. La probidad es sistemáticamente aplastada por el vicio. Esta novela, que circulaba clandestinamente fue considerada obscena e impía y a su autor se le calificó de “demente libertino”, una amenaza para la sociedad. En sus memorias, Napoleón Bonaparte menciona que leyó el libro más abominable que una imaginación depravada pudo haber concebido, una novela que provocó tal turbación a la moral pública que su autor fue encarcelado, incomunicado y sin derecho a pluma, tinta ni papel. El film “Letras Prohibidas, La Leyenda del Marqués”, dirigido por Philip Kaufman y  personificado por el actor austriaco Geoffrey Rush, revela que era tal la obsesión de Sade por escribir que cuando lo encerraron en el frenocomio de Charenton y lo privaron de sus implementos, decidió plasmar sus  disertaciones  libertarias con vino y un hueso de pollo sobre las sábanas, como también pinchándose los dedos, con su sangre en las paredes de la celda.  En “Los 120 días de Sodoma o La Escuela del Libertinaje” cuenta que cuatro hombres (el presidente de Curval, el duque de Blanguis, un obispo y el hombre de negocios Durcet) deciden dar rienda suelta a sus más oscuras perversiones sexuales, durante cuatro meses encerrados en un lujoso castillo en Suiza (El Chateau de Silling) rodeado de  precipicios y de difícil acceso. Pactan una ruptura de todas las convenciones y prohibiciones sociales y aplican un reglamento cuyas normas debían ser acatadas, so pena de recibir un severo castigo físico o pecuniario. En las orgías solo se emplean los vocablos más lascivos y las expresiones más soeces y blasfemas. En ese ritual libidinoso contratan cuatro alcahuetas a fin de que relaten modos de gozar. “Las Fantasías” son narradas antes de ser llevadas a la práctica. Secuestran a ocho muchachas y a ocho muchachos. Durante la jornada, los hombres ebrios de placer someten a los pubescentes a las más absurdas aberraciones como zoofilia, coprofagia, necrofilia y mutilaciones. En 1789, con el asalto de la Bastilla, durante la Revolución Francesa, el Marqués escondió esta novela entre las paredes de piedra en un intento de ponerla a salvo.  No obstante, murió convencido de que su obra, consistente en un rollo de doce metros, con una caligrafía abigarrada, escrito por ambos lados, había desaparecido. “Trabajé sin cesar pero destrozaron y quemaron todo lo que había. Por la pérdida irreparable he llorado lagrimas teñidas de sangre”. Pero, “Los 120 días de Sodoma” sobrevivieron, ya que un hombre rescató el manuscrito de las llamas que consumían a la Bastilla. En 1975, el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, lleva a la pantalla la obra del Marqués bajo el título de “Saló o le 120 giornate di Sodoma”. Recientemente, la Biblioteca Nacional de Francia ofreció por el manuscrito original cinco millones de euros. La vida de adulto mayor del excéntrico Sade no se diferencia en lo sustancial de la de sus años mozos. Remitido al otrora convento, asilo de Charenton, se encarga de dirigir la compañía de teatro del sanatorio, donde utiliza los enfermos como actores y representa alguna de sus obras. En sus últimos años de vida sufrió de una progresiva ceguera, una afección pulmonar y una obesidad mórbida que le limitaba sus movimientos. El 3 de diciembre de 1814, el conserje de la Maison de Santé de Charenton, se puso su capote y su bufanda, ensilló su caballo y lo hizo trotar hasta la Prefectura de policía. En las alforjas llevaba una nota que decía: “Ayer a las 10 de la noche, el interno Donatien Alphonse Francois murió como consecuencia de una fiebre gangrenosa”. Los trabajos del Marqués permanecieron condenados a los infiernos literarios hasta que André Bretón (considerado el fundador y principal exponente del surrealismo) y Guillaume Apollinaire reivindican su figura y su obra. Lo proclaman “El Adorable Libertino”, uno de los espíritus más libres que haya existido. En realidad, no hay demonio, ni ángel en Sade. Acaso una singularidad múltiple. El catálogo de aberraciones y crueldades que pueblan su producción  literaria, es el fiel testimonio de la época en que vivió. El contenido de las tramas sadianas revela la realidad cotidiana referente a la oscura esencia humana. Los vicios sexuales que lo convirtieron en una amenaza para la sociedad, no eran exóticos en la Europa del siglo XVIII, sin embargo hacerlos públicos y utilizarlos para subvertir un sistema de creencias éticas y religiosas resultaba para las autoridades inaceptable. Muchos de los poderosos que lo condenaron se vieron retratados como protagonistas de las acciones libertinas que él había descrito con mucho detalle. Una hipocresía social que aún perdura. La leyenda negra que nos han transmitido de Sade hace que la lectura de sus escritos sea un acto de transgresión. No es justo satanizar la obra del “Adorable libertino”, sin haberla leído.

*Abogado Universidad Santiago de Cali

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One comment

  1. A Sade le tocó debido a sus textos eróticos m{as de veinte años en las prisiones y manicomios??!!. Woao Tremenda narración.

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