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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA INTOLERANCIA

Por: CARLOS ANDRES ROMERO LOPEZ*

El ser humano teme aquello que le resulta inusual, desconocido e incomprensible dentro de los habituales esquemas de explicación. Algunos cierran definitivamente los ojos ante fenómenos naturales o sociales que sobrepasan su dimensión cognitiva, mientras otros observan a fin de manifestar desde variados ámbitos argumentos que disminuyan el miedo. La concordancia entre entendimiento y mundo circundante queda así esbozada, aunque este acuerdo no implique siempre aceptar la existencia de eso cuya razón se da. Las sociedades modernas se acostumbraron a estos pactos que apenas distinguen al sujeto como una realidad, desconociéndose el universo que le define, invalidando su presencia activa.

La negación del otro constituye mecanismo de defensa cuando aquel desestabiliza con sus elecciones las cosmovisiones de sus semejantes. Sin embargo, tal reacción obedece a la devoción que se tributa al sistema de creencias apoyada en fundamentalismos ancestrales que lesionan las libertades del individuo. Decidirse a vivir de maneras diferentes atenta contra una normalidad moral incapaz de reconocer su propia decadencia, sepulcro engalanado que guarda corrupción. Todas las formas de exclusión encuentran aquí su origen para representarse luego en actos de intolerancia, encaminados a silenciar las voces que demandan reconocimiento en cuanto a raza, religión, ideología política y orientación sexual.

Actualmente el libre desarrollo de la personalidad e igualdad frente a la ley, consagrados en la Constitución Nacional en tanto derechos fundamentales (artículos 13 y 16), son objeto de controversia por apoyarse loss miembros de la comunidad LGBTI en su concepto, quienes además reclaman matrimonio igualitario y adopción de niños por parejas legalmente constituidas. Más allá de la cuestión jurídica, causa incomodidad el que dos personas del mismo sexo se amen, pues de acuerdo a los opositores en el principio fueron creados Adán y Eva, no Adán y Oscar, ni Eva y Sofía. El amor originario se reduce a la reproducción.

El Estado social de derecho que promulga la Carta Magna colombiana, es constreñido por las pretensiones teocráticas de un sector de la población que considera abominable ser homosexual. Expresiones como “amor sucio”, “relación excremental”, “marica”, “marimacho”, “arepera”, entre otras, son empleadas para estigmatizar una condición íntima que no entorpece el intercambio de ideas en un país donde la paz está en gestación. La tierra del Sagrado Corazón de Jesús conserva en su imaginario colectivo un tribunal del santo oficio encargado de juzgar a los amantes contraventores, pese a promulgarse con insistencia el amor al prójimo sin acepciones previas al mismo.

Admitir diversas tendencias y aprender a convivir con ellas, es fundamental en el proceso de anular el impacto de los mitos que florecen en torno a la otredad. Estos causan segregación en la comunidad e impiden apreciar la riqueza de su pluralidad, convirtiendo en factor común suyo el odio. Si bien ninguno se encuentra obligado a profesar simpatía por lo que la voluntad ajena escoge, el respeto hacia esta no es opcional, horizonte desde el cual es posible vislumbrar interlocutores que mutuamente se consideran válidos. Mientras se prepara este escenario, recuerde cada uno que también es raro para los demás.

*Licenciado en Filosofía Univalle

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