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“…la experiencia revelaba el enclenque aspecto de Joseph Goebles, su ministro de propaganda, la obesidad mórbida de Hermann Göring, mariscal del aire y la agilidad del atleta afroamericano Jesse Owens arrebatándole la victoria al más vigoroso de los alemanes…”

EL NACIONALSOCIALISMO Y LA CULTURA FÍSICA

Por: CARLOS ANDRÉS ROMERO LÓPEZ*

 

En 1939 Adolph Hitler ascendía como caudillo indiscutible del Tercer Reich. Hábil orador que practicaba sus gestos frente al espejo, amante del simbolismo esotérico y fiel creyente de la superioridad racial, despertó entre no pocos alemanes sentimientos que pronto se transformaron en un culto a su personalidad. A través de este mesiánico personaje Alemania recuperaría la antigua gloria mítica del ancestro ario, opacada en la derrota que sufrió durante la Primera Guerra Mundial gracias a la activa participación de elementos al ser germano. El programa de restauración nacional, que Hitler expone en su obra autobiográfica “Mi Lucha”, contemplaba un Estado totalitario intolerante en grado sumo a la oposición política, a la diversidad étnica y sexual e interesado quizá con similar intensidad en la formación física del futuro ciudadano.

 

El nacionalsocialismo considera que es deber del Estado consagrarse al niño, por cuanto es el bien más preciado. Esta dedicación sobre la niñez iniciaba mucho antes que los pequeños nacieran, observándose las condiciones de la pareja que decidía tener descendencia. La procreación fue entonces un derecho restringido a la excelencia de los genes que cada individuo podía transmitir, a fin de engendrar hijos sanos para la nación. Animado por una piedad hipócrita, Hitler concluyó que la existencia de personas discapacitadas física o mentalmente reflejaba el egoísmo de sus progenitores, a quienes no importó reproducirse cuando su historial genealógico resultaba inapropiado. Así, se hacía corresponsable a la sociedad entera de soportar el peso de una carga cuyas consecuencias serían vergüenza ante el mundo.

 

Autorizados la gestación y nacimiento del nuevo alemán, este pasaba a insertarse en un sistema educativo sustentado en el pilar de la cultura física. El ejercicio gimnástico, entre otras disciplinas deportivas, buscaba cerrarle paso a la desconfianza del sujeto en sí mismo generalizada luego de la Gran Guerra, constituyéndose en una propedéutica fundamental en la construcción del humano ideal: fuerte, diestro, audaz e impasible ante las dificultades. La transferencia de conocimientos característica de la escuela tradicional, constituía un rol secundario de la educación frente a la perspectiva antropocéntrica nazi. La supremacía del Estado, proyectada para mil años, contemplaba la presencia de legiones de superhombres que avasallaran la humanidad con su fortaleza muscular. Las ciencias sociales, la filosofía, al igual que las ciencias exactas y naturales eran tomadas en cuenta siempre que justificaran el régimen, enloquecidas para los propósitos del primero de tantos holocaustos que padeció el siglo XX.

 

Absorto en su megalomanía el Fürher defendió la eugenesia, aunque esta doctrina carecía de argumentos que apoyaran su objetividad. Al contrario, la experiencia revelaba el enclenque aspecto de Joseph Goebles, su ministro de propaganda, la obesidad mórbida de Hermann Göring, mariscal del aire y la agilidad del atleta afroamericano Jesse Owens arrebatándole la victoria al más vigoroso de los alemanes. Mejorarse a sí mismo exige trabajar de manera integral sobre la existencia de cada uno, pues enfatizar sobre el cuerpo en detrimento del alma es concentrarse en lo temporal, en una apariencia engañosa de vitalidad que se derrumba en ausencia de virtud.

 

*Licenciado en Filosofía Univalle

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