EL TRAJE NUEVO DEL REY
Por: JAIME LOZANO RIVERA*
En un cuento publicado en 1837 que lleva este título, el escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875) relata que en un lejano país un Rey convocó a todos los sastres de su reino para que le diseñaran un traje especial con motivo de un aniversario más de su coronación. De todos los sastres, dos timadores convencieron al soberano para que les encargara la confección. Esta indumentaria, afirmaban los muy ladinos, tendría la especial cualidad de ser invisible para cualquier tonto o incapaz. El traje, solo las personas inteligentes, serían capaces de apreciarlo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían creer que la confeccionaban pero en realidad se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin. Los estafadores simulaban que le ayudaban al Rey a probarse la inexistente prenda. Fingían con hábiles movimientos distintas correcciones que decían tendrían que hacer. Llegó el día del gran evento y el Rey apareció en público desnudo. Toda la gente del pueblo elogió el supuesto vestido, temerosa de que sus vecinos se dieran cuenta que no podían verlo y los tildaran de estúpidos. Qué maravilla. Todos los súbditos aplaudían, hasta que un niño gritó: ¡pero si va desnudo! A partir de ese momento, todos se dan cuenta de la farsa y comenzaron a cuchichear la frase hasta que al unísono gritaron que el Rey iba desnudo. La moraleja indica una situación en la que la amplia mayoría decide, de común acuerdo, compartir la ignorancia colectiva de un hecho manifiesto, aunque reconocen lo absurdo de la situación. Esta metáfora se usa para referirse a cualquier verdad obvia negada por la mayoría a pesar de la evidencia. Una fotografía tomada en Botsuana en la que aparece muy ufano, el Rey Juan Carlos I de Borbón, con un elefante muerto como fondo, pone de presente una vez más, el poco respeto que por los animales profesa el monarca, quien vive del dinero de los españoles y comete actos reprochables como matar especies en vía de extinción en safaris más propios de épocas colonialistas. Por un accidente que le causó una fractura de cadera, el pueblo español se enteró de que a hurtadillas su monarca se había ausentado del país en una expedición de cacería de elefantes, en momentos cruciales en que la economía hace agua y por contera Argentina les expropia Repsol. Indignación y una tristeza infinita producen la imagen del paquidermo muerto, en tales circunstancias. “ Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”, declaró el septuagenario Don Juan Carlos, como si fuera la primera vez. No son creíbles ni confiables sus disculpas. Son las circunstancias las que lo han obligado a ello. Mientras Su Majestad, que ostenta la jefatura del Estado, se va de safari, acompañado de un gran cuerpo de guardaespaldas y asistentes pagados por los contribuyentes, España atraviesa la peor crisis económica, con un desempleo que se acerca al 23%. Quizás sea cierto que no volverá a ocurrir. Seguramente porque su condición física no le permite seguir practicando la caza mayor que tanto le divierte. A este condenable incidente, se suman otros escándalos por su afición a las bebidas etílicas, por sus aventuras extramatrimoniales, por sus oscuros negocios que le han permitido amasar una inmensa fortuna y por los negociados del marido de la infanta Cristina, Iñaqui Urdangarín. La dipsomanía y anécdotas de alcoba del soberano, son asuntos de él y de Doña Sofía. Sobre el tráfico de armas, la especulación financiera y sus amistades con una élite económica que terminó enjuiciada por corrupción, no hay nada que hacer, toda vez que el artículo 56 de la Constitución Española consagra que: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Ciertamente, el Rey Juan Carlos es un irresponsable. Hace lo que le da la real gana. En torno a los turbios manejos financieros y desvío de fondos públicos de uno de sus yernos, es tema de competencia de la Fiscalía Española. Pero lo que si deviene inaceptable, es que su excelencia se divierta cazando criaturas sintientes. Matar animales por hobby es una práctica especista tan repudiable como la tauromaquia. Es fundamental ampliar nuestra esfera moral e incluir a los animales no humanos y dejar de tratarlos como si fuesen algo utilizable para cualquier trivialidad que se nos ocurra. El desaguisado del Rey nos debe hacer reflexionar sobre algunas prácticas que por años han sido aceptadas. Millones de animales indefensos sufren y mueren para el entretenimiento humano. Esto puede ocurrir de distintas formas: caza, pesca, tauromaquia, zoos, peleas provocadas, circo, etc. Los animales son más que un fardo de órganos, huesos y músculos. Tienen sistema nervioso. Pueden estar relajados o tensionados. Perciben olores, ruidos e impresiones. Desencadenan el llanto, el estornudo o el bostezo. Se deprimen. Sienten dolor, alegría, hambre y frio. Los mensajes van y vienen por ese tipo de red electrificada que son las fibras nerviosas. El hecho de que no pertenezcan a nuestra especie o no tengan capacidades intelectuales, no es razón para no respetarlos, así como no lo es para discriminar a aquellos seres humanos que no poseen tales capacidades. Cualquiera que se pare con un fusil ante un animal y sin correr riesgo lo mate por placer, no es más que un personajillo de baja estofa. Bien decía Gandhi que a los hombres se les conoce, también, en su trato y respeto hacia los animales. La manía del Rey de apretar el gatillo no es novedosa. En la memoria colectiva se aloja el recuerdo del infausto episodio registrado el jueves santo 29 de marzo de 1956, cuando a Juan Carlos, de 18 años, accidentalmente se le disparó un revólver, dando muerte a su hermano Alfonso de 15. La versión más atendible revela que Juan Carlos y Alfonso jugaban con un revólver calibre 22 en la residencia de veraneo en Estoril (Portugal), cuando sintieron hambre. Alfonso se ofreció a ir a la cocina por algo de comer, mientras Juan Carlos se quedó jugando con el arma. Justo cuando éste estaba apuntando a la puerta y Alfonso la abrió con la comida, fue que su hermano disparó poniéndole el tiro en el entrecejo. No tuvo el infante Alfonso la misma suerte de Hugo Chávez, pues lo calló para siempre. A pesar de esta traumática experiencia, la inclinación de Juan Carlos por las armas no desapareció. Por el contrario se exacerbó. Continuó cazando perdices, palomas, patos salvajes, liebres y jabalíes en los cotos reales. Luego incursionó en la caza mayor. Desde 1960, el entonces príncipe posaba con sus trofeos para inmortalizar sus jornadas en Mozambique y Angola. Ha matado repetidamente en África todo tipo de animales que nadie debería de cazar, desde leopardos, antílopes, jirafas y búfalos hasta elefantes. La pasión cinegética del soberano no se limita al continente africano. En 2004, en Rumania, al pie de los Cárpatos, en compañía del tirano Nicolás Ceausescu, bajo sus proyectiles cayeron un lobo y nueve osos pardos, entre ellos, una osa gestante, masacre que celebró con whisky y palinka, un aguardiente de ciruela propio de la región. En otra ocasión pidió permiso, previo pago de 7.000 euros, para matar un bisonte europeo en el bosque polaco de Bialowieza, a pesar de que es una especie en grave peligro de extinción. De igual modo, es celebre el caso del oso pardo ruso Mitrofân, al que le descerrajó un disparo en 2006. A este plantígrado de 4 años y 120 kilos, los lugareños lo describen como alegre y apacible. Había sido capturado desde que era un osezno. La cautividad lo había amansado y lo mantenían como una atracción turística del pueblo de Novlens. Hasta los niños se acercaban para darle de comer con la mano. Pero querían organizar una caza asegurada para el Rey. Se acusa a las autoridades locales de haberlo emborrachado con abundante vodka mezclado con miel, antes de ser trasladado para que en una abominable “mise en scene”, a mansalva el ínclito visitante con su winchester lo abatiera. En este tipo de faenas, S.M. suele emplear rifles de 2 cañones paralelos que disparan balas de gran calibre para acabar con “presas” de gran porte y cuyo comportamiento las hace peligrosas para el cazador, en el caso de resultar solo heridas. Si en el primer intento falla el cazador dispone de un segundo disparo. Dos cazadores armados con este tipo de rifles, suman 4 disparos muy potentes, lo que garantiza la seguridad. Se utilizan para acribillar los llamados 5 grandes: león, leopardo, rinoceronte, búfalo y elefante. Don Juan Carlos que es un gran aficionado a las armas, dispone de una buena colección de piezas de caza. Es tal la compulsión de susodicho por degollina de animales que se ha hecho fabricar una silla ergonómica con respaldo y brazos para soportar las largas jornadas de caza y poder descansar. Pero la culpa no es del Rey, sino de los españoles que le toleran sus excesos, en reconocimiento al manejo que le dio a la transición de la dictadura franquista a la democracia. Tras el reinado de Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I, en 1931 fue interrumpida la monarquía española, restableciéndose en 1975 luego de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, “ caudillo de España por la gracia de Dios”, debiendo jurar el Rey hacer cumplir las leyes fundamentales del reino y los principios del Movimiento Nacional, es decir, el ideario franquista. Llama poderosamente la atención, que en Europa que fue cuna de la democracia, de la revolución francesa y de resonantes movimientos antimonárquicos, a muchos todavía les guste referirse a esa ínfima minoría como sus majestades reales. Cabría preguntarse por qué en pleno siglo XXI España sostiene a una familia real en momentos en que atraviesa por una de sus peores crisis. Qué clase de mentalidad es la que allí sobrevive al mantener unos zánganos, frívolos e inescrupulosos como la realeza? Los españoles no han caído en cuenta de que la monarquía es una institución obsoleta, rancia, caduca, anacrónica, onerosa e inútil, que adolece de todo principio democrático ya que no emana del pueblo. En la mayoría de las encuestas los españoles se declaran “Juancarlistas”. La prensa, la TV, los partidos institucionales han sido complacientes y si se quiere laxos. En la actual coyuntura, el gobernante Partido Popular y el PSOE han permanecido silentes. Pareciera que no son capaces de construir y desarrollar una democracia con la autoridad del presidente del gobierno y estimen imprescindible el papel de una figura decorativa propia del medioevo que esté por encima de todos. Lo paradójico es que este depredador es el Presidente honorario de Adena, la sección Española de la World Wildife Found, WWF, organización conservadurista de la naturaleza, cuyo logosímbolo es un oso panda gigante. La propia WWF recientemente había declarado que los elefantes están amenazados en muchas partes del África por la caza furtiva y la pérdida de hábitat. Vaya sainete. (o mejor zarzuela). Parafraseando al niño del cuento de Andersen: “El Rey está desnudo”.
*Abogado Universidad Santiago de Cali
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