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LA ENCARNACION DEL K.K.K.

Por: JAIME LOZANO RIVERA*

 

“Peca por redundante el blanco que dice ‘mi raza’;

peca por redundante el negro que dice ‘mi raza’.

Todo lo que divide a los hombres, todo lo que especifica,

 aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad”

José Martí.

 

Como por todos es sabido, la llamada “Guerra de Secesión” o “Guerra Civil”, la más larga, sangrienta y devastadora de todas las habidas en Estados Unidos en el siglo XIX, corresponde a los acontecimientos militares sucedidos entre 1861 y 1865 que dividieron al país en dos: abolicionistas y esclavistas. De un lado, los estados del norte que tenían una economía diversificada (Agricultura, industria y comercio) y de otro, los estados del sur, que desarrollaban una economía basada en la agricultura (cultivo de algodón, maíz, caña de azúcar y tabaco) y una mano de obra formada por esclavos traídos desde su África natal encadenados y apiñados en barcos. En el norte, las ideas más progresistas de Europa habían calado en un sentimiento antiesclavista. Prueba inequívoca de ello es la publicación del best seller “La Cabaña del Tío Tom”, de Harriet Beecher Stowe, de contenido abolicionista. En el sur en cambio, los esclavos eran considerados una propiedad y en esa medida los dueños tenían plenos derechos sobre sus semovientes y vástagos. El látigo, los grillos, la trata y un sinfín de vejámenes fueron la nota predominante. En plena guerra, el 1º de enero de 1863, el presidente republicano Abraham Lincoln declaró la Proclamación de Emancipación, poniendo fin  a la utilización de seres humanos como propiedad personal,  a su sometimiento al trabajo forzado y su privación de la libertad. Tras cruentos enfrentamientos, el 9 de abril de 1865 el General Robert E. Lee, paladín de las fuerzas de la Confederación rindió sus tropas ante el General Ulysses  S. Grant, reconociendo la victoria de la Unión sobre los estados confederados del sur. El periodo pos-bélico llamado eufemísticamente “La Reconstrucción”, ha sido considerado el terror negro impuesto por los sudistas. El resentimiento que se generó en los estratos sociales, propietarios de esclavos, por haber sido obligados a prescindir de sus “herramientas que hablan”, fue tal que suscitó un nuevo conflicto; esta vez clandestino contra los beneficiarios de la guerra. Pronto se instauró un régimen de apartheid en el que los negros fueron obligados a vivir aislados del resto de la sociedad. Seis meses después, en Pulaski, estado de Tennessee, seis aburridos ex-coroneles de ascendencia escocesa (segregacionistas derrotados en la guerra) para matar el ocio y divertirse un poco tuvieron la genial ocurrencia de salir a asustar a los “nigger” manumitidos. Las primeras bromas debieron ser bastantes ingeniosas, pues los “freemans” huían despavoridos  al avistar al sexteto de ex-oficiales ataviados de capuchas y túnicas blancas, provistos de antorchas y cruces, cabalgar lentamente en la noche como si fuesen seres desencarnados que regresaban a vengarse de sus enemigos. La ceremonia de la quema de la cruz era su rito preferido. Una reminiscencia de los tiempos de los terribles inquisidores del Tribunal del Santo Oficio. “Dios lo quiere”, fue el salmo de los cruzados cuando se enfrentaron a los infieles. Las chanzas a los libertos se hicieron recurrentes y subidas de tono. Lo que se había iniciado como charadas y rituales, tomó otro cariz. Si los supersticiosos niches podían asustarse, quizá fuera esa una buena estrategia para hacerlos volver a las plantaciones, como antes de la guerra, razonaron los ex militares. Fue el momento en que los líderes de la cofradía racista pensaron en escoger entre seguir siendo un club de diversión o convertirse en una fraternidad con una estructura sólida que luchara por mantener la supremacía blanca. Optaron por lo segundo. La ascendencia conservadora y de apoyo al Partido esclavista (democrático) hizo que muchos quisieran pertenecer a la naciente hermandad, que en un principio solo aceptaba blancos cristianos. ¿Cómo se llamaría la Orden? Alguien propuso denominarla Kuklos, que en griego significa círculo o banda. Otro sugirió dividir Kuklos en dos palabras, cambiar la O por U, la S por X y escribir clan con K para articular una expresión que jamás  un ser humano  hubiese pronunciado: Ku Klux Klan (K.K.K). Esta explicación difiere de otra que asegura que Kuklos es simplemente una desfiguración del latín Cucullus, que significa capucha. En ese entendido, el K.K.K. es el clan de la capucha. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que se consideró que la organización tuviera una estructura interna jerarquizada: cada estado de los Estados Unidos donde operara sería gobernado por un “Gran Dragón”; cada distrito por un “Gran Titán”; cada condado por un “Gran Gigante”; toda la zona donde tuvieran miembros se denominaría “Imperio Invisible” y al máximo jefe se le llamaría “El Gran Mago Imperial”. Había llegado la hora de actuar a un “Imperio invisible”, que sin ley alguna juzgaba y sentenciaba en su empeño por recuperar las glorias del pasado. Rápidamente el K.K.K. extendió sus tentáculos a otros estados, desencadenando el reino del terror. Irrumpía en hogares  y ceremonias religiosas y sin distingo de edad o género, linchaba, colgaba y rostizaba a miles de afro-americanos. Tennessee, Luisiana, Alabama, Indiana, Georgia, Mississippi, South Carolina, Texas, Virginia y Arkansas se convirtieron en campos minados para esa etnia. El K.K.K. ha tenido épocas de decadencias y de resurgimientos, con nuevos propósitos: inmigrantes y judíos. En 1868 un jurado federal lo calificó de organización terrorista y muchos de sus líderes fueron encarcelados. En 1871, fue liquidado por las denominadas leyes anti-clan.  En 1915, la película muda de más de tres horas “El Nacimiento de una Nación”, dirigida por  David Griffith, uno de los más grandes éxitos de la historia del cine, exalta en sus escenas el heroísmo de los miembros  del clan. El filme  representa a la población afro como irresponsable, laxa y proclive a la pendencia, consumo de alcohol y a la violación carnal. Al no encontrar actores negros que se prestasen a participar en el rodaje, Griffith debió caracterizar actores blancos con la piel maquillada de betún negro. La popularidad de la aludida producción cinematográfica aumentó cuando el Presidente Woodrow Wilson (hijo de un rico propietario de esclavos) quitándose el sombrero calificó  al clan como protector del sur. “Es como escribir la historia con luces”, puntualizó. Muchos salieron de la sala de cine prestos a alistarse en las filas del  grupo de supremacía blanca. El gobierno de Wilson revivió la segregación racial de espacios de trabajo, abolida al final de la guerra civil y degradó a los afros a puestos menos importantes. Actualmente honrar a Wilson, lo mismo que a George Washington y a Thomas Jefferson, ofende a los afroestadounidenses por la activa participación de estos prohombres y adalies de la democracia en la esclavización de personas de descendencia africana. La profunda injusticia de la sociedad sureña y el esclavismo aparecen edulcorados por fuertes relaciones personales que se establecen entre amos y esclavos en la legendaria película  “Lo que el viento se llevó”, adaptada de la novela homónima escrita por Margareth Mitchell, quien no oculta su devoción por la defensa del modo de vida sudista, basado en la esclavitud. En la novela Mitchell afirma que el clan surgió por “la trágica necesidad de los blancos de defenderse contra los crímenes que los negros cometían contra ellos y especialmente para que las mujeres no fueran violadas por sus antiguos esclavos”. ¡Pamplinas!.  Durante la Segunda Guerra Mundial, el K.K.K. organizó mítines para apoyar las políticas del Tercer Reich e impulsó  la iniciativa de que EU apoyara durante el conflicto a Alemania. Digno es de recordar el incidente ocurrido el 1º de diciembre de 1955, que hizo mundialmente famosa a la hija de un carpintero y humilde modista negra de 42 años de nombre Rosa Park, quien se negó a ceder el asiento en el autobús a un pasajero blanco, soslayando que en el vehículo estaba señalizado con una línea amarilla: “The whites along; the blacks behind”. El conductor llamó a la policía y Rosa Park pasó una noche en la cárcel y debió pagar una multa de 14 dólares por haber subvertido el orden. El gesto de Park que parece insignificante tuvo amplias repercusiones, pues puso de manifiesto una vez más las condiciones de segregación a que estaba sometida “la gente de color”. Una galvanizadora del cambio, la llamarían los historiadores. En sus memorias, Parker escribió: “Aquel día estaba fatigada y cansada. Harta de ceder. Mientras más obedecíamos, peor los blancos nos trataban”. Doña Rosa pasó a la historia como la heroína que se levantó sentándose. En los años 60s, el  KKK fue el grupo que con mayor violencia se opuso a la Ley de Derechos Civiles que hacía realidad los ideales (“I have a dream”) del pastor bautista Martin Luther King y garantizaba, al menos en el papel, la igualdad de oportunidades para blancos y negros en la educación, los cargos públicos y las diversiones. ¡My God!, tales medidas violan la Constitución y los designios del Supremo hacedor que nos entregó el dominio sobre las otras razas, bramó  indignada la cúpula del clan, después de que uno de sus miembros de memoria recitara el sacro precepto que impone a los negros el deber de docilidad y sumisión: “Siervos, obedeced a vuestros señores temporales en sencillez de vuestro corazón como a Cristo”. (Efesios 6:5). Finalmente, la Ley de Derecho al Voto de 1965 permitió a los negros estadounidenses acudir a las urnas. El 4 de abril de 1968, una bala de rifle disparado por un segregacionista blanco sumió en un sueño eterno al activista negro, quien en el discurso de la víspera dijo: “He visto la tierra prometida. En los años 70s, los miembros del K.K.K. se ocuparon también de la “Conspiración mundial comunista”. En los años 80s, el grupo de ultraderecha en mención, cambió sus túnicas por uniformes paramilitares, con campos de entrenamiento para ejercitarse en el “tiro al negro. En los años 90s el K.K.K., adaptó su indumentaria y sus rituales a los grupos neonazis. “Hail”, vocablo que significa “viva”, acuñado por los nazis para saludar con el brazo en alto al Führer, se puso de moda. La adhesión al clan se incrementó notablemente luego de que un hombre de raza negra y por contera hijo de musulmán, fuera elegido y reelegido Presidente. Una ominosa afrenta. La elección de Barack Hussein Obama en dos oportunidades, hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, pero la situación de esa población no mejoró sustancialmente: siguió  la inequidad en el trabajo, en la educación y en la aplicación del sistema judicial. Se afirma que Obama se sintió blanco entre los blancos y negro entre los afroamericanos. Era su reto personal. Él, Cooling Power y Condoleezza Rice, agentes del establishment. Durante sus 152 años de existencia, el clan ha permeado todo el tejido social: políticos, ejecutivos, autoridades judiciales, de policía y ciudadanos de clase media, le hacen reverencia. Contrario al primer K.K.K., que era una organización clandestina, el actual tiene razón social, su propia jerga que sus miembros emplean para reconocerse, emisoras de radio, entró en la era de la informática, controla  portales de internet, cuenta con un brazo  para-policiaco llamado KBI encargado de “misiones especiales”, organiza conciertos, barbacoas abiertas, obras de beneficencia y tiene su propio periódico,“The Crusader”. Como esculpido por nazis “Dios, Raza y Nación”, reza su escudo. Cada día más estadounidenses se suman al clan pensando que están comprometidos en una cruzada ética para limpiar sus comunidades de negros, inmigrantes, pederastas y contrabandistas indeseables. Ahora, no se entiende cómo el Partido Republicano en el que militó el Presidente Lincoln, “El Gran Emancipador”, recibe la adhesión del grupo de ultra derecha con más crímenes racistas de toda la historia. Alianzas que solo  puede la alquimia de la política. Aunque el recién posesionado Presidente Donald Trump, hijo de la inmigración, ha querido desmarcarse del K.K.K., su exacerbado nacionalismo blanco, su vehemente retórica antiinmigrante, su solemne promesa de construir un muro de 3.180 km de agreste frontera con Méjico (pagado por los manitos) y su indeclinable propuesta de prohibir la entrada a E.U de musulmanes, lo alinean con la comunidad de la triple K. Constituye una declaración de intención el nombramiento como asesor político de la presidencia de Stephen Bannon, ex jefe de la publicación Breibart News, conocida por sus  posturas radicales contra emigrantes, musulmanes  y demás minorías étnicas y religiosas del país. No deja de inquietar que Trump manifieste que el personaje que más admira es el ex agente de la KGB Vladimir Putin, semejante criminal. El rico magnate newyorkino, infatuado por su enorme poder económico y ahora político-militar llega con la pretensión de imponer sus verdades anti-científicas: niega la evolución y defiende teorías creacionistas, ha dicho que hay vacunas que producen autismo y además sostiene que el calentamiento global -cuyo origen está en la emisión exagerada de CO2 y otros gases de efecto invernadero-, no es más que una falacia. Tales afirmaciones, sin prueba alguna que las sustenten, producirían hilaridad sino las dijera el Presidente de la nación más poderosa del planeta y si millones de sufragantes no hubieran apoyado sus delirios. Importa advertir que la candidata de la otra orilla era terrible, quizás peor. Su record  en asuntos de guerra en el mundo la descalifican. Es cierto, cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece. El lema de Trump es “Make American Great Again” (Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo). Él es una prueba incontestable de que Estados Unidos necesita ser grande de nuevo. Por su parte, el K.K.K. está exultante con el nuevo comodatario de la Casa Blanca, pues ven en él un apoyo a su lucha nacionalista. En la derecha racista y xenófoba hay un sentimiento generalizado de victoria. El mítico Gran Mago Imperial, David Duke declaró: “Trump ha tomado los estándares que yo defendí por años. Gracias a él, hoy es posible hablar claro y alto del nacionalismo blanco, como no se había podido hacer antes”. ¡Hail Trump!. Cabalgan las valquirias wagnerianas. Flamean las banderas de la ultraderecha. No existe duda  de que el showman del tupé amarillo piolín es la expresión hecha carne del  K.K.K.

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