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El Marquéz de Sade con sus 74 años vividos de desgarramiento e intensidad no es alguien neutro y gris para las letras de Francia. Es algo más que una medusa fornicadora del sistema. Sade fue encarcelado y despojado de sus bienes. Sobre su nombre se hizo silencio obligatorio y oficial, como si se mencionara un virus de altísima peligrosidad para la especie, por los mensajes que dejó en forma de ensayos con título de novelas.

LA MEDUSA FORNICADORA

Sobre el Marqués de Sade

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Por: DANIEL POTES VARGAS*

La vida de este autor francés, defensor de las posturas no sólo más virulentas sino más dolorosas contra la moral y la ética, es cosa que pertenece más al claroscuro que a la estricta ciencia literaria.

Simone de Beauvoir en un célebre ensayo sobre él no hace más que reiterar la dificultad de llevar luz meridiana a una vida enmarañada porta leyenda. Fallecido en 1814, pertenece el Marqués de Sade a una época conflictiva en la cual se enfrentan en Francia los soportes mayores de la herencia conceptual. Los temas básicos como el origen de la vida, la muerte, Dios, la moral, son sometidos a un escalpelo despiadado.

Juliette es su obra más agresiva, donde arremete con mayor vigor contra lo “establecido”. No es sólo la denotación que haría las delicias de lectores de “platos fuertes” sino la connotación o campo polisémico sub-yacente. Pero ahí radica el mayor defecto literario del marqués, que confunde la narración con el ensayo y hace de sus “novelas” largos discursos conceptuales. Cuando leemos a ciertos autores vemos que hay una tendencia a centrifugarse de la laceración que les causa la exposición de determinado tema. Recurren a una pirotecnia de fraseología grosera, primaria, que toque sobre lodo, asuntos fisiológicos. Y de eso se trata en ellos: de reducir todo a una cuestión carnal, de bioelectricidad, de fisiología, de anatomía y de agregación molecular, de células y tejidos, de órganos y secreciones. Dios es producto de una carne que no ha logrado un grado superior de independencia y por tanto es incapaz de aceptar el propio absurdo y vacío de la creación y la existencia, la inutilidad y el disparate fundamentales de ella. Dios es el sueño de un animal triste que supone ser poderoso en medio de sus barrotes. La inclusión reiterada del discurso en el diálogo hace de la obra de Sade, de su narrativa, algo imperfecto. Desde un principio nos damos cuenta que usa la novela, un género tan híbrido y adaptable, para exponer sus “lecciones” sobre historia de la moral humana, sobre la evolución de la idea de Dios y otros asuntos. Tanto en Justine como en Juliette, las responsables del desarrollo narrativo son mujeres. En el caso de Justine es el intento de demostrar que toda moral en el sentido que le da el catolicismo, es inútil.

Pregunta “¿Eres tan idiota de ser moral en un mundo donde eso no es rentable y los que triunfan son precisamente los que se apartan de ese camino?”. Como se sospechará, la emprende contra Jesús.

En ambas obras es tratado corno un simple delincuente, muerto de hambre y perseguido. Una secta de acosados menesterosos y atrasados no puede dar origen sino a una religión de esclavos. En esto se entronca con Nietzsche: Dios es un sueño de la materia humana. Sade, como es natural, rinde un tributo irracional y ciego a la ciencia. A esa ciencia que corno decía Sábato, mientras menos la comprende el hombre de hoy, más la venera. En Juliette y Justine hace los discursos sobre la naturaleza eterna de la materia. Como producto histórico de la evolución de la materia salió la vida, una cierta materia biotizada. Pero el hombre se ha creído especial, un sub —conjunto mimado por la divinidad. El error según Sade radica en creer que esa “divinidad” es el fondo y la guía del universo. Pero visto con frialdad, el hombre no tiene más derecho a pensar esas leyendas que una hormiga o un ciprés. Para Sade, la prueba de la total ausencia de divinidades  radica en que cuando la hormiga, el ciprés o el hombre desaparezcan, la mecánica celeste nada cambiará y la física, algebraica e inmutable, seguirá gobernando la materia del mundo. En las entrañas lejanas y policromadas del cosmos nada ocurrirá el día que esta raza insensata y vanidosa desaparezca o se haga difuminar como consecuencia de un nivel tecnológico que se lo permitía.

La tecnología puso a esta raza en capacidad de acabar con ella y con todo aquello más inmediato. El día que el hombre corrobore su insensatez, su semi-oculto fondo animal, nada ocurrirá en la naturaleza que demuestre el pesar de algo o alguien por ello. El hombre debe afrontar con valor la muerte y no perder tiempo pensando que hay esto o aquello post mortem o pajarerías espiritistas. De nuevo Sade la emprende contra la casta sacerdotal, en especial contra la católica cristiana, por haber sacado de la doctrina de un fracasado (y crucificado por su mismo pueblo), todo un tinglado y estructura para mantener en estado lamentable de postración cultural a millones de seres incapaces de aceptar el Sin sentido total de esta aventura de la vida. Ella, es eterna y puede seguir creando otras aventuras.

La materia puede seguir sin la vida, que es su enfermedad según Nietzsche (La Gaya Ciencia). La materia puede seguir funcionando a nivel atómico, molecular, mineral, termonuclear, como ocurre en el resto del universo, sin necesitar para nada la vida y menos el siquismo petulante del hombre que se cree creador. La transformación de hidrógeno en helio de los soles para nada requiere del hombre.

En otro orden de cosas, para Sade (“expositor’) los hijos no merecen ningún aprecio. De hecho, favorece Sade el incesto y cita a su favor toda suerte de fechorías históricas. ¿Si en mi orgasmo pierdo y riego, qué importa que quede la mujer embarazada?

Si la esperma se pierde, nada ocurre. Pero si nace una hija qué me impide hacer amor con ella, que le enseñe a disfrutar lo “único real”, el placer sexual, símbolo y meta de toda vida? Que le enseñe el placer y la felicidad. Allí se enfrenta al tema de la propiedad privada, tan caro a sus reflexiones.

Igualmente revisa la historia y las formas de gobierno. Desprecia a los débiles y defiende el derecho que tiene el poderoso a gozarse con el padecimiento del desprotegido. Fuerte que sienta piedad por el vencido se identifica con la moral cretina que viene del “facineroso Jesús”. Algo a regañadientes acepta en Juliette que los pobres o los débiles tienen derecho a una oportunidad. Tienen la oportunidad de liberarse de la monarquía y de la realeza siempre y cuando no le quiten a él sus propiedades. Esa fue su visión de la toma de la Bastilla y de la revolución Francesa.

La monarquía se basa en un poder de raíz estúpida. Algún buen día un mequetrefe ganó una batalla y desde ese día favorable ese ganapán o zapatero fue encumbrado a la regia cúspide y de él se derivaron descendencias de sangre azul y vitalicio privilegio. ¿Pero por qué triunfaron unos cuantos? Por la imbecilidad de la mayoría. La doctrina de la selección natural encuentra aquí su más vigorosa y acentuada defensa. El triunfo se define como el logro del placer individual cuya cima es el orgasmo a costa de gozarse en el sufrimiento de los débiles.

Incapaces de rebelarse y triunfar contra el duro y poderoso, sus mismas vidas miserables y atormentadas dan placer a quien tiene el  poder y justifican todo ensanchamiento de sus penas por torpes. Todo es lícito para justificar tal esquema.

En Juliette hay un largo discurso justificando moralmente el robo y la infidelidad.  Básicamente es así: “el robo equilibra la diferencia y el que tiene hambre y desnudez si roba y consigue engañar al otro demuestra dos cosas. De un lado, que el otro puede ser un tonto también. Y que parte de la riqueza, puesta excesivamente en un lado, debe ser traspasada al otro”. Sade dice que la policía y los banqueros sólo apoyan al que tiene, igualmente los regímenes. Sade dice que los pobres nunca deben esperar nada de los gobiernos más que palabras hueras y programas de miseria verbal. En el fondo seguirá la perpetuación  de un sistema que hará cada día más ricos a los ricos y más pobres a los que nada tienen y de todo carecen. Que nadie se haga ilusiones. Cada uno debe hacer de la rapiña y la pillería el sistema para equilibrar el absurdo de la repartición, de la riqueza en la sociedad. Según el Caco que habla por el Marqués, la repartición, la estratificación del trabajo y el capital, invitan a una nivelación que sólo se obtiene siendo bribón cuando nada se tiene. Robar, estafar y falsificar es acelerar una justicia natural que los ricos han perturbado: Él dice que los gobiernos estafan a sus ciudadanos con préstamos a potencias extranjeras que luego quedan en manos de poderosos, que emiten billetes sin respaldo aurífero. El pueblo, cuando no se invierten esas crecidas sumas en aquello para lo que se prestaron, sólo sirve para amortizar esa deuda con su martirio tributario, ideado por los verdugos oficiales del régimen que inventan patrañas cada vez más refinadas, que inventan diversas modalidades de impuestos. También se invita a la mujer a liberarse del cretinismo del amor único, En caso de empecinarse en esa bajeza y enfermedad, se le recomienda al menos tener dos. Uno para el “afecto espiritual y tranquilo del matrimonio” y todo lo demás. Otro, para alcanzar la plenitud del  placer carnal. Dice Sade que ningún hombre vale tanto como para que una mujer sólo se le entregue a él. El instructor pregunta a Juliana a cambio de qué.

Sólo de vida monótona, quizás de impotencia diaria y de lidia cotidiana, de malos tratos. El hombre ve su vida extramatrimonial como “normal” pero la de la mujer la ve corno simple y llana prostitución, a merced de cualquier reacción del varón. Probablemente lo que más distorsiona la obra narrativa del marqués sea la interrupción del ritmo con las citas “ejemplares” de la Historia para corroborar sus enunciados sobre el incesto o el robo. Cita naciones de los cuatro costados cuando trata de fundamentar sus citas históricas sobre pueblos que apoyaron la putería, el incesto, el robo o la masacre de los hijos. Se presentan islotes, rompimientos de la secuencia narrativa para hacer una especie de monólogo ensayo que es como un cuerno detrás del tejido narrativo. Todo su rencor se enfila hacia Jesús, a quien atribuye la idiotez glorificada en un mundo donde sólo triunfan los violentos. Si a te golpean una mejilla no debes ofrecer la otra para placer de tu agresor. Puño y semen son las consignas del marqués. A los curas los envía a las regiones más feroces del sufrimiento por hacer tanto daño con sus embustes a la gente. En Justine, el capítulo más atroz es el de la caída de la anti-heroína en un convento dominico donde es iniciada por los más abyectos ministros de Dios, uno de ellos, vinculado al Papa por línea familiar. No falta ninguno de los elementos tan caros al sacrílego y al blasfemo. Justine es la prueba y desarrollo del fracaso de la virtud. Auxilia a una mujerzuela y ella la arroja a sus compinches, que la esperaban a la sombra para caer sobre la ingenua que había ayudado. Ayuda a un hombre herido y éste le paga llevándola a un castillo donde la amarra a un molino, la envilece y le promete la muerte. Pasa, sin sistema, revista a lo que se ha dado en llamar “crímenes del amor” (desviaciones en el lenguaje de Kraft-Ebing). La sodomía se defiende, por ejemplo, en Juliette. La sodomía preserva del riesgo de la preñez y del consiguiente aumento demográfico (tan odiado por Sade) y aumenta el horizonte del placer. Desde el goce en el dolor ajeno, que adoptó el nombre de su apellido, Sade, sadismo, hasta las prácticas del masoquismo, llamadas así en honor de Sachers-Masoch, el marqués pasa una revisión sin escrúpulo ni contemplaciones al asunto animal, al fondo bestial. Usó un lenguaje abierto y popular, no hermético ni elitista. Trató temas vitales e insolubles de la ideología humana, temas que siguen sin resolución definitiva.

 

Fue valiente en su lenguaje, lenguaje que muchos autores noveleros de ahora pretenden reivindicar como suyo. Hay muchas similitudes con Vladimir Navokov, John Cleland, Henry Miller y D.H. Lawrence, por ejemplo. Almas empeñadas en quitar máscaras de tribulación, capaces de presentar la desnudez de un conflicto y sus posibles soluciones sin antifaz ni dogmatismos previos. De modo directo y carnal. Unos escriben del delirio del amor o del gozo complejo del placer, como Henry Miller. Pero sobresale el Marqués de Sade entre todos los citados por su condición de buzo radical, de minero de sus territorios dolorosos y gozosos. Arranca trozos de su ser cada vez que arremete a latigazos contra la moral farisea de su tiempo. En Los crímenes del amor”, en especial, pone a otra mujer en un callejón sin salida. Sus personajes casi nunca pueden respirar la burbuja oxigenada de una liberación. Sade no encuentra una razón de ser del universo y menos del hombre, animal racional y ensombrecido por sus pequeñeces. Por eso Simone de Beauvoir luchó en vano por llevar luz a un mundo como el de Sade, carente de temor en su espacio.

Un autor de esta naturaleza, tan dado al buceo lacerante de su desnudez y de una pretendida doble moralidad humana y social no puede ser enviado de manera cómoda, alcanforada y rápida al sueño silencioso de los estantes. Este ejemplar exótico de la literatura francesa vivió entre 1740 y 1814. Con sus 74 años de desgarramiento e intensidad no es alguien neutro y gris para las letras de Francia. Es algo más que una medusa fornicadora del sistema. Sade fue encarcelado y despojado de sus bienes. Sobre su nombre se hizo silencio obligatorio y oficial, como si se mencionara un virus de altísima peligrosidad para la especie, por los mensajes que dejó en forma de ensayos con título de novelas. Sade descendió, gozoso pero destrozado, al sondeo de todas las previsiones de soñador de mundos que algún día, de pronto, se verán a la luz de otras farolas y otras lunas.

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