LA MONTAÑERITA DE LA MERCED

Cali Cultural 0
Por: CHRISTIAN CAICEDO DE LA SERNA*

El Siglo XVI en sus finales fue muy interesante en Santiago de Cali, la ciudad que goza de sus aires occidentales vespertinos encantados, frescos y puros, pero además, disfrutaba del afecto entre sus vecinos que hoy no tiene; era ciudad sin sobresaltos, con vecindario radicalmente disímil del actual en un noventa por ciento. En aquel tiempo, Santiago de Cali tuvo estancias como su Iglesia y Convento de la Merced, cuatro y media veces centenaria, cuyos muros siguen impregnados del pasado y desde entonces permanecen siendo testigos mudos de tristes hechos y de épocas de gloria, de alegría y otras no pocas de esperanza… Las holgadas casonas levantadas en un cuarto de manzana en su mayoría, o que hicieron parte de estos, tenían patios claustrados con espléndidos jardines con rosales vesubio, victoria y flor de nieve, claveles de variados tintes, azulinas, yedras, tangos, heliotropos, girasoles, veraneras, tamarindos, palmeras señoriales y espaciosos corredores; quizá solo las Misioneras Agustinas Recoletas gozan hoy día en aquel convento de tales espacios paradisiacos, pues con el correr de los calendarios se extinguieron en esta urbe, para dar paso a rascacielos, edificios y otras moles de cemento… Ayer, no existe traspasando el portón de dicho convento; ayer solo queda en ese recinto, algo en la Iglesia Catedral aunque no parezca y en edificaciones levantadas muy posteriormente, también religiosas: San Antonio y el claustro franciscano. Cuentan los testigos de hechos acaecidos que no paraban de comentarse a diario en el vecindario e incluso hasta en apartadas poblaciones de estos reinos, que en las altas cumbres agrestes del occidente vallecaucano en región en la que habitaban ocho parcialidades indígenas, apareció entre las peñas y en una cueva en las cabeceras de Cavá y escarpadas montañas que llaman el puesto de Micó, la imagen de piedra sólida y pedernal blanco y verde de una sola pieza –supremamente pesada- de una señora con un niño en sus brazos, que los indígenas llamaban la Montañerita o la Cimarrona, a la que los nativos cada dos días iban a ver como su señora, le llevaban comida para ella y su chiquillo y le danzaban con mucho respeto mientras tocaban sus flautas para agasajarla. Los primeros extraños en darse cuenta de su existencia fueron los Mercedarios, que eran doctrineros de Cavá, Micó, Chicayá, Anchicayá y otras parcialidades en aquella región; los frailes al oír el relato, convencieron a los indios de que debían traer a la Señora a su casa en Cali y así fue, la trasladaron en 1580 a la iglesia de la Merced colocándola debajo del coro en un rincón, pero poco después desapareció; con preocupación la buscaron hasta rencontrarla en las altas cumbres rocosas, de donde la regresaron a La Merced ubicándola en un nicho sobre la puerta de la iglesia; pero volvió a huirse a las ásperas cimas y los vecinos y gente principal de Cali preocupados salieron en su búsqueda alcanzándola a un día de camino en el puesto de San Antonio; estaba embarrada cuentan los declarantes y dicen que salieron descalzos  los vecinos a recibirla con gran devoción, en procesión con la clerecía, optando por colocarla dentro de la iglesia, ciñendo sus sienes con una corona que le hicieron de papel. Doña Juana Ramírez de Oviedo, española, casada con el Alférez Mayor de Santiago en Cali –que es el mismo cargo conocido como Alférez Real- Don Francisco Redondo de Guzmán y Ponce de León, ambos de la primera nobleza y tía de quienes conformaban la primera nobleza de Santafé de Bogotá, de inmediato le hizo una capillita que con el tiempo se cayó y La Montañerita volvió a pasar al altar de la iglesia, en donde se quedó hasta que se le edificó nueva capilla. La construcción de esta obra la inició el 20 de abril de 1672, el Capitán Don Toribio Moro Vigil y Labiado, que aquí llegó sin un patacón de España y se hizo hombre rico y paupérrimo a la vez, pues cuanto dinero conseguía lo despachaba a la Península para sostener a su esposa y a la familia de esta que eran muy pobres y además rellenos de deudas; mientras tanto él quedaba aquí con los pataconcitos medidos para sobrevivir, pues la mayoría de los que le quedaban los destinaba para fundar Patronatos y Capellanías, de los  cuales dejó instituidos en esta ciudad casi una decena, con buenos principales de patacones, para que con sus réditos se celebraran misas perpetuas por su alma y las demás de su aplicación, gracias a que al enviudar se constituyó en  primer marido de Doña María Francisca de Rojas Llanos y Español, rica dama de interesante historia inédita, como también es la de su esposo. Moro Vigil fue además pieza clave ese año 1672 para levantar extenso acopio probatorio sobre la aparición, milagros y desapariciones de esta venerada imagen que más tarde se nombró Nuestra Señora de los Remedios.

Don Antonio Núñez de Rojas -padre de Doña María Francisca-, cuando vino de España trajo buen capital y en buena parte es a él a quien debemos la nueva capilla de Nuestra Señora de los Remedios, pues sin reparo pagó carpinteros y albañiles. Lo que básicamente hizo su yerno Moro Vigil, más que poner dinero suyo, fue cumplir la manda testamentaria de su suegro según este lo tenía convenido antes de morir, con el Comendador de la Orden de la Merced Fray Juan de Ayala. Aunque son muchos los milagros testimoniados que ha obrado esta santa imagen, me referiré a dos de ellos; uno antiguo y otro actual; ambos tienen que ver con tal Iglesia:

Como Don Toribio Moro Vigil comenzó a construir la capilla de Nuestra Señora de los Remedios en abril, pronto llegó el invierno con sus tempestades; los vecinos temiendo que la época afectaría gravemente el avance de la construcción, decidieron hacerle plegaria a Nuestra Señora pidiéndole que cesaran los fuertes aguaceros; relatan los testigos oculares, que gracias a la oración “cesaba de llover y lloviendo alrededor a cuadra y dos cuadras, no llovía en la dicha obra, de manera que nunca se dejó de trabajar todos los días lloviendo cotidianamente y que esto ha sucedido así todos los días desde el dicho día hasta que cesó el invierno de dicho año”. Esto no puede atribuirse a un hecho natural, ni a la imaginación subjetiva de un testigo, ni a sugestión colectiva de un pueblo, ni a un invento como los productos citados de académicos, cronistas y escribidores de ágiles mentes tramoyistas y de sus actuales herederos que caen en la falacia por copistas, porque lo declaran los testigos cinco meses después de iniciada la construcción o sea que ni siquiera cabe pensar en recuerdos imprecisos. El otro milagro -de época actual-, data de 1976. Me lo narró la madre Saturia Paredes testigo del hecho. En dicho año se inició una restauración más del Convento e Iglesia de La Merced. Para el efecto desalojaron estas instalaciones y las hermanas agustinas no se desprendieron ni de la Virgen de la Merced, ni de la Virgen de los Remedios; a una casa alquilada se fueron con ellas. La Virgen de la Merced no tuvo ningún problema en dejarse llevar a la casa rentada, pero la Virgen de los Remedios, se resistió al tratar de bajarla de su camarín un buen número de avezados hombres del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cali; no obstante, con esfuerzo la fueron descendiendo y de un momento a otro, venció a los diestros cargueros y con fuerza sobrenatural cayó de cabeza al piso, rompió la baldosa e hizo considerable hoyo ante el asombro de los presentes. Con dificultad la sacaron, la enderezaron, absolutamente nada le sucedió; se hizo necesario sujetarla con esmero y solo así, fue posible transportarla. Dos años después, cuando llegó la hora del retorno, las hermanas se hacían cruces para no tener nuevamente la consternación, el dolor que les había hecho sentir la Virgen de los Remedios; esta vez, solo cuatro expectantes obreros intentaron levantarla y ante la mirada atónita de las hermanas, de trabajadores de la construcción y del maestro de obra, vieron cómo la Virgen se dejó alzar y por una escalerita estrecha y dificultosa para maniobrar -que conozco porque la he subido-, y sin mucho esfuerzo, se dejó conducir hasta el sitio en el que ahora se le aprecia. Nadie lo creía.

*Escritor, investigador histórico, poeta, conferencista, director de emisiones radiofónicas culturales. Caballero Comendador de Número de la Imperial Orden Hispana de Carlos V; Caballero Protospatario de la Celsísima y Augustísima Orden Imperial Byzantina de Grecia de San Eugenio de Trebizonda.

CORRECCIÓN INFORMACIÓN A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO SOBRE EL ESCUDO DE CALI

En los dos números anteriores de CALI CULTURAL me referí al auténtico escudo de Santiago de Cali exponiendo que la copia que obtuvo la Académica Clementina Bravo en España en el Archivo del Duque de Alba en Madrid -que vi hace años-, no corresponde al escudo original, deduciendo por tal razón: “creo que el mismo si no estoy mal”, trajo la Doctora Juliana Garcés Saroli de tal archivo. Hoy, aclaro con prueba irrefutable, que la copia que posee la Doctora Juliana, divulgada en tarjeta de invitación en mayo de 1988 por el Alcalde de Cali Henry J. Eder Caicedo, es el escudo original de Santiago de Cali y concuerda fielmente con el que publiqué en el No. 165 Noviembre 2011, página 5, de este periódico.

CHRISTIAN CAICEDO DE LA SERNA.

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