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LA POESIA EN JOSEF BRODSKY Y WISLAWA SZIMBORSKA

Por: DANIEL POTES VARGAS*

Aparte del filósofo Wilhelm Dilthey (1833-1911), quien en su libro Vida y poesía exploró la dimensión esencial de lo poético y de Martin Heidegger (1889-1976) quien analizó el núcleo de lo poético, pocos poetas han sido filósofos de la poesía por decirlo así. Rusia amargó la vida de tres escritores que lograron el premio Nobel, Boris Pasternak, Alexander Soljenitsin y Josef Brodsky. Curiosamente ellos sufrieron todo el rigor de lo que podemos llamar coletazos del realismo soviético. Brodsky en un discurso que pronunció durante la inauguración de la primera Feria del libro de Turín, en 1988, comentó que “la poesía era hija del epitafio y del epigrama, concebida al parecer como un atajo hacia cualquier tema concebible por la mente humana”. De allí que en esa visión la poesía impone a la prosa una gran disciplina. Es al mismo tiempo una imagen focal y universal. El poeta tiene un conocimiento instintivo de las cosas y con su subjetividad extrema evita los clisés en el arte, y logra que éste se distinga de la vida. Para Brodsky la poesía es la manera más condensada de trasmitir la experiencia humana y nos ofrece los criterios más elevados para cualquier operación lingüística, en especial la escrita, aunque la poesía es anterior a la prosa y nació como un canto, como universo de lo oral, como en la visión de Walter Ong. La poesía enseña la destreza para evitar lo evidente, ofrece alternativas a una composición lineal como la de la prosa, que ha mostrado ser algo zángana frente a la capacidad de la poesía de generar el anticlímax y enfatizar en el detalle. La poesía es más antigua que la prosa y por ello ha recorrido más distancia. La literatura comenzó con la poesía, no con la prosa. Ella es la expresión de la economía y ahorra, cuando es de calidad, una buena cantidad de materia impresa inútil, sin fulgor polisémico. El cuerpo de la poesía es menos denso y voluminoso que el de la prosa y de sí, ello debería ser la primera ventaja observable en su dimensión.

Cree Brodsky que en las últimas décadas del siglo pasado la mejor poesía se escribió en polaco. Señala a la Szymborska y a Milosz como sus emblemas.

En español convoca a Luis Cernuda y Juan Ramón Jiménez; en sueco a Harry Martinson; en portugués, por supuesto a Fernando Pessoa; en ruso a Osip Maldelstam; en italiano a Eugenio Montale y en francés a Blaise Cendrars y Guillaume Apollinaire. Cuestión de gustos, cuestión de gusto de un poeta sobre poetas. Los poetas seguirán existiendo y sus poemas tendrán lectores ya que es una adicción muy fertilizante y a propósito, Brodsky recuerda que para Montale la poesía era un arte sobre todo semántico. El sentido de la poesía brota con rapidez y la calidad de su lenguaje. Cuando es verdadera poesía, se hace sentir de inmediato. Es como una magia, como una mirada que parece puesta sobre un punto y en el fondo está puesta sobre todo el universo. Con la poesía el relámpago de lo imposible se hace crónica de un fulgor a mediodía.

Por su parte, para la Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996, comenta que la poesía, así sea imperfecta, como viene en pequeñas dosis, es más soportable que las muchas veces inacabable prosa. Recuerda la útil inutilidad de la poesía que llevó a la detención del poeta Brodsky por la policía soviética por no portar un carné que lo acreditara oficialmente como poeta. Como ninguna entidad pública podía extenderle el salvoconducto de poeta, fue detenido por parásito. Le fascinaba al poeta llamarse a sí mismo así, con orgullo. Hay certificación de oficios y profesiones, fontanero, abogado, médico pero no lo hay de vate. Al menos el filósofo puede decir, si es detenido, que es profesor de filosofía. ¿Pero el vate? Antes los poetas eran parte del equipo de entretenedores de los poderosos de la tierra, al lado de los enanos, los feos o los bufones. Vestían de modo extravagante y sus conductas muchas veces no eran entendidas por sus contemporáneos. Pero en su intimidad, era la confrontación con la hoja en blanco la que decidía quién era poeta de verdad. Hay películas sobre pintores, científicos, músicos. Sobre poetas casi no hay filmes, lo que indica lo poco fácil que resulta atrapar la esencia de sus trabajos. Quizás haya algo común a los que aportan algo al mundo, llámese químico o poeta: la inspiración. Ese instante revelador existe en todos los oficios cuando son sutiles y aportadores a la historia. Los beneficios de este mundo interior son lo único que aflora en la superficie cuando se quiere escrutar la esencia inspiradora de un verso o una ecuación.

Para la poeta polaca aquello que no se puede entender bien menos se puede explicar mejor. Pero hay algo claro, la inspiración, cualquier cosa que sea, parte de un no sé. El saber del poeta es diverso de todos los saberes. El parte de un no sé pero ahí voy.

No es que los poetas tengan el monopolio de la inspiración pero su selecto grupo está muy destacado en tal sentido. Aún más, dice ella: “el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente “no sé”.”

Es cuando advierte que toda respuesta es temporal y en ningún caso de manera satisfactoria total. Por eso un gran poeta no puede decir, ya he escrito todo. Menos cuando existe la intertextualidad en la literatura. Julia Kristeva, la semiótica rusa, decía que alguien, en algún lugar, de algún tiempo, ha escrito algo parecido a lo que ha escrito fulano de tal o tal poeta.

En el fondo, todo poema canta a lo pasajero, a la nube que se fija un instante pero que sigue su marcha gloriosa de disolución. Es también la poesía otra forma de hablar de la cruel indiferencia del mundo hacia los seres, animales y plantas. En este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada con una vigencia ridículamente corta, lo que le queda al poeta es el asombro. El poeta es un pozo de asombros que lleva a otros a verlos. El habla cotidiana, la prosa cotidiana, deslustra el brillo sagrado de cada palabra, el fulgor de cada vocablo. La poesía, al sopesar la mágica dignidad de cada una de ellas, restablece cada vez que un poeta hace un buen poema, la majestad feérica de la misma realidad. Es la pureza de un sentimiento que otros pueden sentir.

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