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LIBERTAD DE CULTOS EN COLOMBIA Y TRATAMIENTO DE ESTOS ANTE LA LEY

Por: CARLOS ANDRÉS ROMERO LÓPEZ*

La noticia que puso al descubierto la presencia de un templo dedicado a la adoración de Lucifer en Quimbaya (Quindío), desató controversia entre los espíritus más conservadores de la nación. Adornado con la imagen cornuda del mítico ser, cruces y estrellas de cinco puntas invertidas que anuncian el ingreso a una dimensión mistérica, este recinto despertó el temor curioso de los lugareños que vieron amenazada su cotidianidad espiritual. Actualmente funciona como cualquier iglesia tradicional, aunque no está abierta al público en general, dado que su peculiar doctrina exige una feligresía selecta. Conforme a la etimología del nombre de su divinidad rectora, esta congregación se autodenomina portadora de luz para todas aquellas personas decepcionadas de los dogmas religiosos oficiales, que a través de los siglos encadenaron la voluntad del ser. Proclama la independencia absoluta del individuo y la conquista del objeto de sus deseos mediante nuevas experiencias que revelan un camino seguro hacia su realización. Asegura difundir el mensaje verdadero que conecta a lo divino con la humanidad, presentándolo cual propedéutica del nuevo orden mundial cuya piedra angular pretende levantar. En consecuencia, acogerse a la ideología luciferina no significa en modo alguno aceptar el vulgar satanismo que frecuenta cementerios y ofrece sacrificios de sangre. Este tipo de creencias no constituyen un fenómeno reciente, pero proponen opciones de respuesta a la amalgama de problemas acentuados durante la modernidad: El poder en sus diversas manifestaciones, la identidad del sujeto, el destino del mundo, etc. Reconociendo que en términos legales, la verdad no es propiedad exclusiva de una sola religión o corriente de pensamiento, la Constitución Política de Colombia garantiza en el artículo 19 la libertad de cultos. Igualmente, se permite a los practicantes la profesión de su fe y difusión de la misma, derechos contemplados en el ámbito del libre desarrollo de la personalidad, fundamental para la vida. El carácter incluyente de la legislación colombiana no considera, sin embargo, expresiones abiertamente contrarias a las confesiones admitidas en el territorio nacional. La ley 133 de 1994 excluye de esta categoría los rituales satanistas, estudios parapsicológicos, artes supersticiosas y el espiritismo, calificados desde antaño como falsas cosmovisiones. Si bien podría argumentarse que la particular cofradía quindiana representa una de tantas elecciones posibles para saciar la sed del alma, al declararse su fundador como brujo, espiritista y santero que además de amansar amores rebeldes efectúa pactos con el demonio, está impidiendo que aquella adquiera naturaleza legal ante la sociedad. No obstante, existe. La iglesia luciferina de Colombia, si acaso es válido emplear esta denominación, se encuentra confinada a las sombras, en un país donde las aguas del catolicismo inundan sus instituciones. Pese a que el Estado colombiano es de naturaleza laica conserva claros elementos teístas, teatralizados con aire inquisidor por algunos funcionarios suyos. Por su parte, no pocos ciudadanos y ciudadanas viven inmersos en el universo del mito teológico que articula santos, milagros e inmaculadas disposiciones celestiales, cuya participación sugiere todavía la sensación de ocupar un lugar especial en el cosmos. Libertad de cultos no significa igualdad ante la ley.

*Licenciado en Filosofía – Univalle

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