MATA HARI, LA ESPÍA SEDUCTORA

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El espionaje ha sido la segunda profesión más antigua del mundo.  A través de los siglos, siempre han existido infiltrados. El libro de Josué relata cómo dos agentes israelitas enviados a Jericó en el año 1200 a.C., antes de un asalto a la ciudad, fueron a la casa de Raháb, la ramera.  Hay que decir que Raháb era famosa por su belleza y que por la naturaleza de su oficio estaba bien informada de los asuntos cívicos.  Se afirma que el éxito de la invasión cartaginesa de Aníbal a Italia, a través de los Alpes en el año 2018 a.C. se debió menos a los elefantes inmortalizados en los libros de historia que a los años dedicados a infiltrar una red de informantes entre las tribus galas en el Valle del Po. Con algún fundamento, un experto militar chino escribió: Aquellos que conozcan al enemigo tan bien como se conocen ellos mismos, nunca sufrirán la derrota”. A este propósito, Napoleón Bonaparte opinaba: Examinando los resultados de las campañas, se comprobará que ni la bravura de la infantería, ni la caballería o artillería han decidido un número tan elevado de batallas como esta arma maldita e invisible del espionaje”. Lo cierto es que en todos los tiempos, las naciones se han valido de este recurso para conocer los secretos del bando contrario. En ese escenario, memorable es el caso de la bailarina erótica conocida como Mata Hari. Durante la guerra sacó provecho del placer que el sexo le daba acostarse con importantes figuras militares y el vender la información que obtenía al enemigo. Su nombre de pila era Margaretha Geertruida Zelle. Natural de Leeuwarden (Paises Bajos), el 07 de agosto de 1876.  Su padre Adam Zelle, fue un excéntrico sombrerero que quedó en la ruina en 1889, cuando su hija tenía 12 años y se fue a vivir con su tío, el señor Visser. A los 15 años, éste la matriculó en una escuela de preescolar, pero Margaretha despertó las pasiones del director de la Institución Educativa y no terminó el curso. Ya era una señorita extremadamente bella y dueña de una sensualidad inconsciente pero explosiva de la que suelen hacer gala las quinceañeras despabiladas. Un día, en un periódico leyó un anuncio del capitán Rudolf Mc Leod, quien buscaba una mujer que lo acompañara durante su nueva misión en las Indias Orientales Holandesas.  Margaretha, de entonces 18 años de edad, le escribió de inmediato y concertaron una cita, y otra, y otra…  Margaretha se embarazó antes de la boda, apresuró los preparativos de la unión y se casó con Mc Leod.  La luna de miel fue brevísima, se mudaron a Java, Indonesia, donde Mc Leod perdía la cabeza cada vez que otro hombre volteaba a ver a la madre de sus hijos Norman y Lousie. Alcoholizado y voluble, el capitán terminó de enloquecer cuando en 1899 una epidemia (otros aseguran que fue envenenado) acabó con la vida de su primogénito. El delirio del oficial llegó a tal grado, que Margaretha afirmaba que le había arrancado el pezón izquierdo de una mordida. Tras el divorcio en 1903, dejó a su hija con el capitán, regresó a Holanda y después se mudó a París.  Margaretha se vio liberada no solo de la presencia de su marido, sino también privada de sus ingresos. Sus primeros trabajos en la ciudad de las luces fueron poco glamurosos; Lady Mc Leod, como se hacía llamar en ese momento, montaba a caballo en el circo Molière.  Pronto el director del circo se dio cuenta de que en los espectadores concitaba más atención la aerodinámica amazona que las evoluciones de la bestia, por lo que le propuso que abandonara la silla y creara un número de baile picaresque”.
Fue en 1905 cuando adoptó el nombre de Mata Hari, que significa en indonesio “hija del amanecer” (o pupila de la aurora u ojo de la mañana) que se convirtió en sinónimo de fascinación. Mata Hari vestiría en adelante collares, brazaletes y velos, más fáciles además de quitarse en público. El rostro era perfectamente maquillado, esbozando una sonrisa. La espalda curvada, los brazos desnudos, las piernas en una contorsión que poco dejaba a la imaginación. Una sensualidad endemoniada. El periódico La Presse realizó la siguiente reseña del espectáculo: Mata Hari es absaras, hermana de las ninfas, de las ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y sabios”. Otros medios impresos también quedaron sin aliento ante la voluptuosidad e insinuantes movimientos de esta atractiva dama. A la par, iba creciendo una simpática leyenda, alimentada por la propia diva que solía decir, nací en el sur de la India, en la costa de Maoabar, en la ciudad santa de Jaffnapatam, soy hija de una familia de la casta sagrada de Brahma; mi padre se llama Assirvadam que significa `la bendición de Dios‘. Mi madre murió a los 14 años, el día que yo nací, los sacerdotes del templo de Kanda Swany, después de haber incinerado a mi madre, me adoptaron bajo el nombre de Mata Hari. En la gran pagoda de Siva, me educaron para que siguiera los pasos de mi madre en los ritos sagrados de la danza”. Un hermoso embuste. Todos fueron engañados. Nadie se percató de que esa encantadora joven en realidad era holandesa. Mata Hari se convirtió en la máxima estrella del momento, una auténtica celebridad. ¿Se necesitaba alguna otra condición para que una mujer pudiera formar una colección lujosa y privada de amantes obsecuentes? Naturalmente que no.  Muchos eminentes europeos y otros menos importantes se arrullaron en sus brazos. Fue aclamada en París, Berlín y Montecarlo. Su espectáculo de danza causaba revuelo, generando auténticas pugnas por conseguir localidades en las primeras filas. Estaba en Berlín cuando comenzó la primera guerra mundial (1914 – 1918). Vadin Masloff la convenció de espiar a los franceses y la convirtió en la agente H-21. Permanecer en Alemania significaba, de hecho, ponerse de su parte, pero la vedette sabía que su patria artística y su principal fuente de ingresos estaba en Francia, cuya simpatía no quería ni podía arriesgar. George Ladoux, quien estaba al frente del servicio de contraespionaje francés le pidió espiar a los alemanes. Hari aceptó. Como en sus amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble. Sus conexiones con Alemania, sus entrevistas con los jefes de contraespionaje de Francia, el ambiente de intriga y misterio en que comenzó a verse involucrada, despertaron en ella su muy definido espíritu de aventura y misterio. Con la misma raigambre visceral con que había construido la fábula sobre su origen oriental, quedaba ahora prendada del mundo del espionaje. Del mismo modo que con el baile de los velos había hecho carrera y una pequeña fortuna, esperaba ahora lucrarse del espionaje. En diciembre de 1915 ya se sospechaba de su función en el conflicto bélico. Mata Hari no tenía cualidades para ser una espía. Nunca pasaba desapercibida, todos sabían quién era, la miraban y la cortejaban. Los años de la guerra los pasó viajando entre Berlín, París, Madrid y Londres. Sus continuos desplazamientos la pusieron en la mira. Se asevera que reveló algunos datos sobre despliegues militares alemanes, como el desembarco nocturno de algunos oficiales del Kaiser en Marruecos y que comunicó al enemigo movimientos de tropas francesas. Fue cuando regresó a París que la capturaron, el 12 de febrero de 1917. Ladoux ordenó su detención, tenía contra ella un expediente abrumador: estaba comprobado que en España había mantenido contactos con Alemania y fueron interceptadas emisiones del espionaje teutón, cuyas señales y actividades correspondían a los de Mata Hari. Si las faltas de Mata Hari no resultaban tan graves, las circunstancias históricas en que fueron cometidas si lo eran. En un momento en que se combate encarnizadamente en todos los frentes, la obsesión por la traición y por el espionaje se exacerba. La primera guerra mundial había tomado un cariz canallesco, se convertía en una gigantesca carnicería humana. La vida, incluida la de niños, mujeres y ancianos, había perdido todo significado. Pesaba decididamente la cantidad de carne de cañón que cada bando estuviera dispuesto a poner en el asador. La bailarina pasó 8 meses en la prisión de Saint Lazare y su juicio fue extenso. En su expediente, la profesión que le asignaron fue cocotte” (prostituta). Así como un mago extrae conejos, palomas y pañuelos de su chistera, afloraban las pruebas incriminantes en contra de la diva que se mostraba incapaz de refutar tantas evidencias. La defensa de Mata Hari se fue desmoronando. Había citado como testigo a un amigo íntimo, nada menos que el ex-ministro de guerra Messimy, pero éste se mandó a negar, alegando que sufría una crisis reumática y que, en todo caso, nunca había conocido a la acusada. No me conoce – estalló Mata Hari – y bien, él usa un frondoso bisoñé. La audiencia estalló en risas.  Sin embargo, en el momento de decidir, al Juez no le tembló la voz para anunciar que la sentencia a dictar era la pena capital. El día de su ejecución, el 15 de octubre de 1917, Hari, haciendo honor a su apelativo, se despertó antes del amanecer, se maquilló, se puso sus mejores galas y partió junto con una comitiva al castillo de Vincennes. Solicitó que no le cubrieran los ojos ni la amarraran. Al llegar al polígono, con absoluto dominio de la situación, caminando como una reina, se colocó frente al pelotón. Un instante después, caía abatida por las balas. Nadie reclamó su cadáver. Tras su muerte, le cortaron la cabeza y la momificaron. Según los registros del Museo de Anatomía de París, ésta llegó a su colección de más de 100 cabezas momificadas, en 1918. Fue hasta el año 2000 cuando el Ministerio de Educación de Francia amenazó con cerrar el lugar, que su entonces director admitió que faltaba la cabeza de Mata Hari. A la fecha no se sabe quién robó ni donde está la cabeza de la más célebre y seductora espía del siglo XX.

*Abogado U.S.C.

Un Comentario

  1. sehr intiresno, danke

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