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MEMORIA POR CORRESPONDENCIA

Por: HAROLD MORA CAMPO*

Hace un par de meses, adquirí un libro del cual tenía algunas referencias, titulado “Memoria por correspondencia” -Editorial Laguna Libros, Abril de 2012-, ilustrado por la pintora y autora del mismo: Emma Reyes. La obra es una acertada apuesta editorial, que obtuvo el premio a mejor libro de autor colombiano no ficción, conferido por la Asociación Colombiana de Libreros Independientes, cuya segunda edición acaba de salir al mercado.  Gabriel García Márquez afirma que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla”. La frase anterior parece ser la metáfora que Emma adopta y que hoy se publica de manera póstuma: una compilación de 23 cartas que la autora dirigió en vida a Germán Arciniegas, que corresponden a la niñez de Emma, periodo de su vida que ocurrió entre 1920 y 1930. Inicialmente, estos sucesos ocurren en una vetusta casa conformada por un cuarto pequeño, sin ventanas y con una sola puerta, ubicada en un muladar de un barrio popular de Bogotá. En dicho lugar; además de la autora, habitaba su hermana, otro niño y una mujer adulta (probablemente la madre de Emma, hecho que la pintora jamás pudo comprobar). Luego, Emma y su hermana son abandonadas en una estación de tren en Fusagasuga, dónde son exhibidas al público durante algunos días con el propósito de que alguien acudiera a reclamarlas. Pese a esto, terminan en un orfanato situado en un convento de Bogotá. En ese lugar, realizan todo tipo de oficios de bajo perfil, debido a que se ignoraba si fueron bautizadas, condición requerida para aspirar a un mejor sino en aquel entonces. Posteriormente, las monjas descubren la habilidad de Emma para bordar. En ese momento, la pintora parece adquirir conciencia de que ya no era una niña y se fuga del orfanato. Poco se sabe de ella después de este episodio. Germán Arciniegas afirma que Emma se marchó de Bogotá a Buenos Aires, vendiendo cajas de emulsión de Scott. Luego, pasó a Montevideo en plena guerra del Chaco y vivió en la selva del Paraguay, donde su hijo fue brutalmente asesinado. En Buenos Aires, Emma se inicia en la pintura, ganando un concurso internacional que le permite llegar a Francia, dónde muere en el 2003. En internet son escasos los retratos de Emma; que padeció estrabismo en su niñez, defecto que fue corregido arbitrariamente por las monjas, que adhirieron a sus ojos un cartón con dos pequeños huequitos y cuyo rostro de mujer adulta, reflejaba la mirada de una niña que sorprende por su anormal veteranía.

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