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METATRÓN DE POTDEVIN

Por: DANIEL POTES VARGAS*

Es llover sobre mojado decir que del iceberg no se ve sino la punta brillante. La gran masa va debajo del agua Así ocurre con las letras del Valle del Cauca. Sólo afloran en la punta Álvarez Gardeazábal y Hernán Hoyos. Son novelas anecdóticas, de grado cero de escritura que no resisten una semiotización porque carecen de algo que supere el mero marco referencial, de sucesos en que se apoyan. Muerta la anécdota que las sostiene, nada queda como trabajo textual. Nombres como Fernando Cruz Kronfly, Philip Potdevin, J.F Merino representan en el Valle esa labor vasta, de mole no muy visible para el gran público.

Son trabajos no sólo de denotación sino de connotación. No sólo aparece el lenguaje como objeto o elemento funcional sino como metalenguaje, como espejo rico y creativo de sí mismo, usando las terminologías de Roland Barthes. Estas narrativas folklóricas, amparadas en la anécdota parroquial, incapaces de ingresar a la zona especular de las palabras, en nada se parecen a los trabajos de Rosero Diago, Germán Espinosa, Gómez Valderrama, Morales Pradilla, Aguilera Garramuño o R.H. Moreno Durán. Pero el gran público no ve sino la parte superior del iceberg, la que flota en la línea de horizonte. La montaña mayor, la que navega debajo del bullicio, la ven menos lectores.

Potdevin, con un apellido que traducido al español es Vasija de vino, es un abogado caleño nacido en 1958. En España lograría vivir de ganar concursos. Ha ganado los tres más importantes certámenes de cuento del país: Carlos Castro Saavedra, Germán Vargas y el de Prensa Nueva

Con un prestigio casi mítico como caza recompensas literarias para tan corta edad, ganó en 1994 el Premio Nacional de Cultura. En 1994 había publicado un poemario, Cantos de Sano. Igualmente uno de cuentos, Magister Ludi. Este Maestro del Placer se repite como personaje en la novela Metatrón, ambicioso trabajo novelístico de 49 capítulos y 369 páginas. Los elementos paratextuales como títulos, etc, se han elaborado pensando en la sensación de vetustez, de milenaridad que puedan inspirar.

La numeración de los capítulos va en cifras romanas. El título total del trabajo parece el de un libro de cronistas de Indias. Historia general de los arcángeles de Neusa y de cómo el gran Ángel llamado Metatrón intervino en las vidas de Franz y Sabina y de dos profesores de arte que visitaron a los arcángeles y de lo que aconteció a todos ellos y al maestro que los pintó y a la criatura que conoció y lo inspiró, por Franz Bordelli, a la memoria de doga Sabina Groot, doctora en derecho y ciencias religiosas, fallecida en la ciudad de Santiago a los XIV días de Febrero de MCMLXXXVII (1987), Tomo único, escrito entre Enero de MCMXCIII y Julio de MCMXCIV (1993 – 1994) con Privilegio en Santa Fe.

Sobra decir que la numeración latina genera una sensación de arqueología que se mantiene a lo largo de la superficie textual, con mucho cuidado. Igualmente debemos recordar que Santiago no es Santiago de Compostela sino de Cali. Y Santafé, la Bogotá de Arce y Ceballos y de la librería Oma. Haciendo gala de una copiosa erudición musical, sobre todo schubertiana y beethoviana, en nada se parece a las novelas facilonas, costales pequeños de anécdotas que circulan como obras de elevado valor literario. Tiene tres líneas narrativas. Una llamada A (tercera persona de Franz y Sabina), otra que podemos llamar B (tercera persona de Cabot y Mari Carmen) y finalmente una del artista, quien habla en pasado, en primera persona, comentando sus viajes por Flandes y España y de su amor homosexual sublimado, Trevis.  Hay una cuarta línea, que hace las veces de contrapunto del punto mencionado: la primera persona de Sabina, quien a manera de diario, fechado con orden, narra sus vivencias internas, como en una especie de fluir magmático.

Forma y fondo constituyen una indisoluble estructura aquí. Si la mayoría de novelas de ahora no pasan de ser “narraciones de televisión en papel”, como dice Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos, esta novela no es un conjunto de palabras y papeles pensados para ser llevados a la TV. Si el reino de la imagen tiene sus lacayos sin condición, el imperio de la palabra estética es tan vasto como el hombre, como en la evocación de Savater. Franz, alter ego de Franz Schubert, une los puntos de la línea. La obra se cierra en sí misma sobre el universo arcangélico y cabalístico. Desde Larvel y Leadh, pasando por Uriel y San Gabriel hasta Metatrón y el Ángel Custodio, la obra, con sus bordellíadas y sus vinos, sus visitas a las lagunas de la geografía cundinamarquesa o al museo de Neusa, es un festín de la palabra, un fulgor que anuncia que en el Valle y en Colombia, hay alguien que trabaja como artista y como sabio, la lengua castellana. Spirkin y Kedrov decían en su libro La Ciencia que: “si el artista, al reflejar lo general, no mantiene la unidad orgánica con lo específico y singular, el resultado no será una obra artística sino simple esquematismo, sociología desnuda”. “Si, por el contrario, todo en su obra se reduce a lo singular, copiando ciegamente las anécdotas que paye, los fenómenos que observa, separando lo singular de lo general, obtendrá una copia naturalista y frívola en lugar de una obra artística”.

En Metatrón, con dosis sapientes, se mezclan lo general (teología, crítica pictórica, lo divino y lo humano) con lo particular (posesión carnal de las hermanas del relato, sumergimientos en lagunas, amores platónicos como en la cofradía de Oscar Wilde). Esa mezcla fluye con una posología que el autor conoce como el alquimista de severidades y como Maestro de placeres (Magister Ludi) que resplandece en estas páginas destinadas a renovar una literatura narcotizada con frivolidades que atosigan al lector colombiano, que no distingue entre novelas destinadas a pasar del papel a la TV y telenovelas que son editadas luego.

No por menos leída, Metatrón deja de ser un aporte ingente y substancial a la narrativa hispanoamericana, al lado de La tejedora de Coronas, La Otra Raya del Tigre, Fémina Suite, Falleba, Sin remedio o los cuentos de Rosero Diago.

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