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POR APASIONADAS FALDAS DE ANTIOQUIA, HUYE…

Por: CHRISTIAN CAICEDO DE LA SERNA

En el número anterior dejamos a Don Antonio de Aguilar en la cárcel; cuándo imaginó que cumplir con la política de sus obligaciones caballerescas, lo iba a dejar tras las rejas. Cada día que pasaba, se llenaba de dolor al verse recluido en prisión y de temor al pensar en la negra suerte que vendría si persistía en rechazar los esponsales con Micaela, “por conocer los intrépidos genios de aquellas gentes”, refirió. Así como también dejó escrito que “para poder salir de aquella tierra, consentí exteriormente fingiendo mi voluntad de que me casaría”. Él deseaba a gritos su libertad y sus amigos le habían dicho que no tenía otro camino. La familia Oquendo fue avisada y como por un tubo hicieron preparativos para el casorio; temían que Aguilar se arrepintiera y era mejor cogerle la caña, al vuelo. La ardiente y fantasiosa Micaela, que en su mente pecaba hasta su carne, se salió con la suya. El templo se alistó con cura y sacristán y vibrantes repicaron una y otra vez sus campanas; los padrinos -gente de confianza de Don Antonio-, fueron los primeros en llegar a la Iglesia olorosa a cirios que alumbraban a Nuestra Señora de dos varas de alto con marco dorado entre vara de hierro y velo de tafetán azul y muy orondos se acomodaron en la primera banca; después entraron Micaela y su cortejo de parientes y con ellos unas viejas lenguaraces que no se pierden ni la corrida de un catre en esta villa. Cuando sonaron como destempladas campanas en la iglesia, los ojos de los asistentes se unieron a los de las murmuradoras que alargaron sus bocas sin reírse; no eran campanas, eran grilletes -que por lo embarazosos-, a paso lento Aguilar arrastraba en su camino por la nave central; así siguió hasta el fondo de la iglesia, con el grillero a su derecha. El templo parecía botica: Unos tenían boca regañada, otros boca de escorpión, los había con boca de verdulero, con boca de incredulidad y había uno con boca de verdades –Nicolás Antonio del Pino y Guzmán, que había reemplazado a Francisco José de la Serna-; ese fue el que besó el ara, le echó bendición a la pareja y habló de Cristo, del amor y del perdón, vestido con su frontal, estola, manipulo y casulla de raso blanco a flores, forrada en landilla guarnecida con sevillaneta falsa. Loado Dios, atinó a decir el desventurado Don Antonio al soltarle los grilletes -que mamado estaba de ellos- luego de haber sido eclesiásticamente declarado marido de Micaela; con cara de asco a gran parte de la concurrencia, en tono grave mientras salía de la Casa de Dios a la de los padrinos, exigió a su mujer sacar de inmediato su ropa, alhajas, trastos y cacharros de su casa paterna. Con trasteo y mujer llegó Don Antonio a la morada de sus parientes espirituales, que le habían ofrecido temporal vivienda; meneados los chirimbolos y los atavíos de Micaela en el cuarto que les sirvió vaporosamente de posada, Aguilar dijo a su hembra ante sus amparadores: “No debes volver a ver a tus padres y parientes en venganza de la fuerza que han hecho; es mi orden”. Adusto, sin decir más palabras, inclinó su cabeza dirigiéndose a los dueños de casa y salió de ella pitado como un galgo… ¡Para nunca más volver! Al instante se escondió en casa de viejo camarada; era parte de concertado plan de retirada; pero como el encierro no puede ser eterno, al cabo de varias semanas comenzó a sentir ahoguío; estaba ansioso, desesperado, al punto de que cuando sus amigos le preguntaban algo, él, en vez de responder, miraba con ojos muy abiertos tanto como su boca sin palabras… La claustrofobia se le había metido hasta en los tuétanos. Así que un día cualquiera, dijo seco y fuerte: ¡Ya no más!, y acicalándose, se despidió de sus aliados no sin antes echarse la capa; abrió la puerta y se fue. Llevaba clara sonrisa y respiraba hondo. Sus pasos eran firmes y seguros aunque iba con cautela. Recorrió calles saludando conocidos y en un efusivo gesto, la mala suerte lo encontró: El hermano de la Oquendo apareció al doblar la esquina de la plaza, más sentido que antes por el abandono en que Aguilar dejó a Micaela. Hombre ágil y resuelto el Oquendo; Don Antonio no había pestañeado, cuando su cuñado mandó su mano a la cinta y engarzó la hoja en la empuñadura, blandiéndola; Aguilar alcanzó a cerrar los ojos mientras la espada cruzó su cabeza que casi es cortada si no reacciona con un paso atrás esquivando el lance; no pudo evitar otros embates y un par de ventarrones sopló su rostro; doble ataque a la cara que hizo dos tajadas más largas que sus mejillas. La sangre le dejó la cara roja y sus manos salpicadas; Aguilar recordó de ese día el gesto desafiante de Oquendo, presto a darle la última estocada. No tuvo más tiempo pues desapareció como espanto que lleva al diablo y a empellones golpeó la puerta de la casa de sus generosos amigos, que al abrir imaginaron cuanto pasó y más, pues de lo que se aterraron fue de verlo vivo. Siguieron semanas de curaciones caseras y cuidado para no pescar infecciones. Le vendaron media cabeza y creo que le pusieron compresas de agua fría. Al final, la cara le quedó con dos remiendos bien notorios. Casi al mes de estar curado, Aguilar volvió a estar a punto de enloquecerse; se rascaba su cabeza y se enfurecía. No oía consejos; quería enfrentar la calle sin andar desprevenido. Estaba resuelto a plantársele a quien se le atravesara, aunque tuviera que tragarse su cobardía; y así lo decía como disco rayado… Era caprichoso y poseído. Con tan firme de-cisión, salió de nuevo de la casa. Sus ojos parecían limpiabrisas en fuerte aguacero, pues de lo piloso que andaba, los movía de extremo a extremo. Iluso, creyó que dos veces no se iba a encontrar con su cuñado pero en menos de lo que canta un gallo este lo reconoció por la espalda; iba casi una cuadra adelante y se le fue detrás. En su mente, de inmediato se hizo patético lo que su hermana Micaela le había dicho entre lágrimas, haciéndole ver cuán infeliz era por culpa de su marido y cuánto dolor le había ocasionado su repudio. Ella lo azuzó y lo tenía al temple. Oquendo estaba a un paso de Aguilar, cuando sacó el puñal y lo clavó en la espalda del testarudo, al que tanto ejercicio visual no le hizo efecto, pues por detrás sobrevino el ataque. Esa puñalada le pudo costar la vida; menos mal tenía buenas piernas y del dolor tan bravo que sintió de golpe, picó espuelas como vulgarmente se dice y en vertiginosa carrera otra vez quedó a salvo y de nuevo vinieron las curaciones. Agui-lar presentía su muerte a pasos agigantados; un mes después escribió que no cabía duda que la pelona lo acechaba, “por lo que aligerando mi partida, salí de huida de dicha ciudad, por caminos desconocidos”. Sobre recua de mulas, sus amigos cargaron en baúles la ropa de su uso, utensilios y cuanto cupo y arriadas las bestias, tomó el camino real hacia el sur, sin destino. Aún se alcanzaban a ver las casas de la villa, cuando encontró a un arriero que con disimulo, le dijo: “No siga por ahí Don Antonio, que adelante le esperan emboscadas para quitarle la vida”. Agradeció la advertencia y presto tomó montaña arriba por desconocidos parajes; cabalgó por elevadas montañas unas veces y descendió de ellas otras tantas… Al sentirse a salvo, tomó de nuevo el camino, que aunque difícil, era menos espinoso que las trochas obligadas… Así arribó al valle geográfico del Río Cauca; pasó por Cartago, que como anotó Manuel Pombo, es “Punto de obligado crucero de los caminos para Mariquita, Bogotá, Chocó, Antioquia, Buenaventura y Popayán, a la cabeza del Valle del Cauca y al pie de la Cordillera del Quindío”. De aquí siguió a Nuestra Señora de la Consolación de Toro, en donde resolvió descargar definitivamente sus haberes. En el número de Septiembre de CALI CULTURAL, conocerán el final de tan interesante historia.

*Escritor, investigador histórico, poeta, conferencista, director de emisiones radiofónicas culturales. Caballero Comendador de Número de la Imperial Orden Hispana de Carlos V; Caballero Protospatario de la Celsísima y Augustísima Orden Imperial Byzantina de Grecia de San Eugenio de Trebizonda.

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