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POR UNA CULTURA DE RESPETO A LOS ANIMALES – Parte final

Por: JAIME LOZANO*

Acciones como éstas  hacen perder la fe en esa institución, muy pronto con facultades para allanar domicilios, sin orden judicial. Qué horror. En los primeros días de agosto, en Barranquilla, un ser del bajo astral la emprendió a palos contra un caballo porque se resistía  a transportar una pesada carga. En igual medida, los Asoporcicultores en su comercial televisivo proclaman que“Comer carne de cerdo genera ternurismo”. Perverso mensaje. A estos hechos se suman los dramas de los caballos cocheros en Cartagena y el envenenamiento masivo de perros y gatos en conjuntos residenciales. Todas esas conductas en pleno siglo XXI son inaceptables. Resulta imperioso que el país transforme su paradigma frente a la relación que tiene con los animales. No hay razón válida para discriminar a otros seres vivos por el hecho de no pertenecer a nuestra especie. Ese antropocentrismo tiránico, ha sido denominado por el filósofo Peter Singer como especismo, aquel prejuicio que hace que infravaloremos los intereses de otros individuos simplemente por pertenecer a otra especie, perdiendo de vista que todos somos igualmente seres sufrientes con los mismos intereses básicos. Ya sabemos que los seres humanos no somos el resultado de ninguna creación divina, como han pretendido hacernos creer.  Esa versión de la “bola de barro” y “la  costilla de Adán” del Génesis, no es más que un cuento peregrino. Tanta estulticia  debería formar parte de nuestra prehistoria. La razón habla en voz baja. Somos una especie más que surgió de otras especies y estamos emparentados con el resto de animales que pueblan la tierra. Si miramos hacia atrás en nuestro árbol genealógico, después de toparnos con nuestros padres, abuelos y tatarabuelos, acabaremos encontrando a un homínido perteneciente a la especie australophitecus: Lucy. Los seres humanos somos una parte más del proceso del cual han surgido todos los seres vivos. Todos somos parientes y compartimos por un tiempo finito el mismo planeta y todos formamos parte de la gran familia de la vida. Nuestro mapa genético es idéntico al de los gorilas en un 97%. Esto de suyo es una vergüenza, por supuesto  para los gorilas. Con algún fundamento  el filósofo español Jesús Mosterin, expresó: “No somos hijos de los dioses. Somos nietos de los monos arborícolas y primos de los chimpancés. Y  a mucha honra”. Sin embargo, la vida para la mayoría de los animales no es más  que una fuente inagotable de dolor y sufrimiento, solo por haberles tocado en suerte compartir el planeta con el hombre zafio, su verdugo más cruel y depredador incorregible. El mayor peligro que amenaza a la biosfera: forma parte de ella, pero se multiplica desordenadamente y la destruye. De todas maneras, el único límite defendible a la hora de preocuparnos por los demás seres y defender sus intereses, no es la pilosidad de la piel, ni dónde termina el hueso sacro, ni su capacidad intelectual; la característica a tener en cuenta es su sensibilidad o sea si es capaz de sufrir o disfrutar  y ya sabemos que la mayoría de nuestros compañeros de viaje  tienen esta  cualidad. Esto nos lleva a ampliar nuestro espectro de atención moral, situando la línea divisoria, no en el raciocinio sino en la sensibilidad. Se trata en definitiva de que los intereses más triviales para el Homo sapiens  no se antepongan a los intereses esenciales de los animales, como el derecho a la vida, a la libertad, a no ser maltratado o torturado. No se puede exigir que los ames, pero sí que los respetes.

*Abogado Universidad Santiago de Cali

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One comment

  1. Atacando la ecología nos atacamos todos. Ahora estamos en la defensa de los animales, de la naturaleza de la equidad, al final
    No podemos seguir abonando a la desigualdad contra la naturaleza, contra los animales contra la mansedumbre de lo natural, lo obvio… lo universal

    Saludos

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