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SOBERANÍA ALIMENTARIA

RICARDO LEÓN RAMÍREZ LASSO*

La tradición campesina de guardar las semillas de la cosecha para volver a sembrar (hoy pensar diferente se ha convertido en un delito, al igual que sembrar una semilla tradicional), quizás haya quedado vigente en algunas naciones que aún se oponen a los OMG (Organismos Modificados Genéticamente, llamados también transgénicos, quienes han sido producidos a partir de un organismo modificado genéticamente  y le han incorporado genes de otro organismo para producir las características anheladas). Quien sea alérgico a algún pez, fruta u otro alimento, seguramente al consumir un transgénico (posiblemente sin darse cuenta, porque su descripción como tal no aparece en la etiqueta), podría sufrir una alteración, una intoxicación o una consecuencia mayor.

En Colombia, la Resolución 970 del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), prohíbe al campesino almacenar semillas de sus propias cosechas para siembras futuras y sólo permite la compra de semillas “certificadas”, en beneficio de empresas multinacionales como Monsanto, Dupont y Syngenta, las más importantes en este negocio. El “Documental 9.70” de Victoria Solano (https://www.youtube.com/watch?v=kZWAqS-El_g), indignó a muchos agricultores y a la sociedad en general, al ver como funcionarios del ICA en compañía del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía Nacional de Colombia) por el salvajismo utilizado por estos últimos y la forma como destruían en Campoalegre (Huila), 62 toneladas de semillas de arroz, por dos razones: una, porque la mayoría era ilegal o no certificada, lo que para el ICA es un riesgo fitosanitario. Y dos, porque ninguna estaba en su empaque original sino en costales de harinas y fertilizantes que podían contaminarlas. En Colombia, del total de semillas que se comercializan el 15 por ciento es de multinacionales. Las criollas tenían su espacio y no habían sido hostigadas, pero desde 2010, cuando se promulgó la Resolución 970, empezó una persecución agresiva a las semillas en mención.

Según el periódico económico, Portafolio (27 de febrero de 2015), “durante el 2014 se sembraron 118.899 hectáreas de cultivos transgénicos en Colombia, 16.879 más que en 2013, informó la ONG Agro–Bio. Del total, 89.048 hectáreas se sembraron con maíz, que tiene características de resistencia a algunas plagas y/o tolerancia a algunos herbicidas. El área representó el 19 por ciento del total del maíz cultivado en el país. Los departamentos líderes en siembra de maíz transgénico fueron: Meta con 22.031 hectáreas, Córdoba con 18.724, Tolima con 16.112 y Valle del Cauca con 15.386 hectáreas; también se sembró en Vichada, Cesar, Huila, Risaralda, Casanare, Cauca, entre otros.

Para el caso de algodón transgénico, resistente a algunas plagas y/o tolerante a algunos herbicidas, se sembraron 29.838 hectáreas, que representaron el 89 por ciento del área total sembrada en Colombia. Los departamentos líderes en siembras fueron: Córdoba con 14.872 hectáreas, seguido de Tolima con 9.119 y Huila con 1.695 hectáreas; otros como Cesar, Bolívar, Valle del Cauca, Sucre, Cundinamarca, Magdalena, Antioquia y Guajira también le apostaron a la siembra de este cultivo. Colombia siembra transgénicos desde el 2002”.

La agricultura ecológica, orgánica o biológica, es un sistema de agricultura basada en la utilización de recursos naturales. Esta agricultura no permite el uso de productos químicos u organismos genéticamente modificados (ni para abono, ni para plagas, ni para semillas) para así conservar la fertilidad de la tierra y respetar el medio ambiente de una forma sustentable y equilibrada. Según Sofía Villa, miembro del colectivo Línea Negra, un colectivo de jóvenes agricultores orgánicos de Bogotá D.C., el principal objetivo de la agricultura orgánica es “mejorar la sustentabilidad integral de la tierra y constituirse como un sistema ecológico y social para combatir la pobreza desde la auto sustentación”. A la industria orgánica del café, le siguen la del azúcar y el banano, las cuales se posicionan en el extranjero por la capacidad mercantil que poseen la mayoría de empresas de estos sectores en la industria extensiva. Actualmente se cuenta con casi 40 mil hectáreas de productos ecológicos certificados, según el Ministerio de Agricultura.

Por fortuna, el ser humano es recursivo y creativo (“nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro”: Silo), además, la pugna es enormemente desigual: poderosas multinacionales (Monsanto, Dupont, Syngenta y otras tantas) versus pequeños y medianos agricultores de alimentos orgánicos y tradicionales provenientes de semillas criollas. La respuesta final la tiene el consumidor, que es quien elige y lo hará inteligentemente, porque más que una elección, es su vida y su futuro (“Mens sana in corpore sano”). Ojalá, en un futuro, los alimentos orgánicos, tampoco se conviertan en un delito.

* Docente, escritor y conferencista

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