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TEATRO: FICCIÓN O REALIDAD

Por: ANDRÉS CUERVO*

Pocos días antes de la desaparición de la joven ambientalista en Palmira, estuve en una obra de teatro de un grupo de jóvenes de Cali que, según tengo entendido, llevan tiempo y trayecto juntos, apostándole a la idea de mantenerse en el teatro como una opción de vida y de desarrollar un proceso creativo grupal como posibilidad. De entrada, esta apuesta tiene muchas probabilidades en contra, porque el teatro es demasiado extraño, inoficioso, abstracto, utópico y metafísico en un mundo en exceso práctico y que se preocupa por el producido y las ganancias netas. Eso, sin mencionar que pretenderse como un grupo de creación, en este mundo “altamente competitivo”, complica más su panorama. Pues resulta que en este mismo mundo, donde lo mejor es que el teatro sea una afición pasajera para muchos y una práctica desconocida para la gran mayoría,  es neto que las personas desaparecen y mueren de forma inoficiosa, y los causantes de estas disgregaciones forzadas, por la incapacidad de ser descubiertos y condenados por las instituciones que están a cargo de resolver este tipo de atentados, quedan extraviados en el plano de lo extraño y lo abstracto. Pero escribo esto, no para levantar un grito de protesta contra la externa pedantería e interna ineptitud de aquellos a quienes depositamos nuestro voto de confianza para que se ocupen de nuestra “seguridad democrática”, sea lo que eso signifique. Ése no es el propósito de este escrito. Quiero hablar de algo más utópico: de Teatro. La obra que mencionaba tiene el encabezado “Hoy una persona va a morir” y su nombre hace alusión a lo que carece de cabeza, yo interpreto, a lo que carece de razón, por la misma forma anti aristotélica de su puesta. No seré el crítico más acérrimo ni el que tenga una claridad teórica sobre las cuestiones del teatro. De hecho, creo que soy más joven que los actores  que se presentaron ese día y mi trayectoria se limita a asistir una sola vez al Festival Iberoamericano en Bogotá y otra al Festival de Manizales y, en ambas, en condición de espectador. Pero para alivio de quienes leen, no voy a hacer una crítica estética y dramática de la obra. Solo voy a recordarla. Recuerdo que luego de presentarse, una de las allegadas al grupo abordó a la salida, con una cámara de video, a algunos de los asistentes preguntando por sus impresiones. Personalmente a mi no me preguntaron y si lo hubiesen hecho no tendría mucho por decir, sólo que me resultaron significativos algunos instantes del montaje, lo cual es verdad, pero seamos francos, no dice nada. Pero hoy, semanas después de la presentación y más de la, hasta ahora, inexplicable e inútil desaparición de Sandra (inútil porque no contribuye a nada más que al dolor de quienes la conocen, -yo no la conozco pero me afecta de pronto por la cercanía de nuestra edad-), tengo algo que decir. Creo que a esta sociedad enferma, a esta sociedad bastarda que ha nacido de la violación (aunque en los colegios se empeñen en llamarle a esto mestizaje), necesita de teatro. Teatro para curarse de tanta violencia sin sentido heredada en las venas. Llevamos más de 200 años siendo un país de desplazados en nuestra propia tierra y hemos preferido dejar que los noticieros sigan vendiendo esa realidad sin cabeza que no podemos abordar. Creo que el Teatro puede ser otro espacio donde nos miremos de frente y nos contemos lo que pasa sin una pantalla de vidrio de distancia.

Pocos días antes que sucediera, presencié mil formas de la desaparición de Sandra sobre el escenario. Todas absurdas, inútiles y dolorosas. Y, aunque éste sea un oficio tan metafísico, que no consigue nada, casi ni ganancias (porque muchas veces es más lo que se invierte y pocas o desconocidas las posibilidades de financiamiento), éste grupo de jóvenes me confrontó al hecho, casi tan natural en esta sociedad, de desaparecer, porque así otro lo desea, sea cuales fueran sus motivos, si es que pueden existir, porque, siento, no existe ni razón, ni lógica, para hacerlo. La obra no hará aparecer a nadie por más que se presente infinidad de veces. No hay trucos de magia, ni milagros. La obra sólo advierte que esto está pasando, aquí, hoy, y si no cambia algo en nuestro espíritu, es muy probable que otro hombre, mañana, vaya a desaparecer. No propongo ninguna solución, no la conozco. Considero que en las artes escénicas se cuentan cosas que son necesarias ser escuchadas y no lo hacemos, porque no queremos prestar atención o las desconocemos. Entonces invito a hacerlo, a acercarnos a ese espejo que nos mira de frente llamado teatro. Y sí, creo que una sociedad y un individuo con teatro, serían mucho mejor que una sociedad y un individuo sin él. Espero que Sandra regrese, y otros más, para vivir esta vida que, aunque a veces cuesta y pesa, vale la pena ser vivida. A sus allegados, un abrazo.

*Cursó estudios de Licenciatura en Lengua Castellana y Literatura en La Universidad de Nariño en Pasto y de Licenciatura en Arte Dramático en la Universidad del Valle en Cali, actualmente miembro del grupo de investigación del Teatro la Máscara y forma parte del repertorio de CASH, montaje del mismo grupo.

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